Y he de celebrar siempre, ante todo y después de todo, el hechizo de la mujer malagueña, indudablemente la primera en hermosura en todo el reino de belleza que es la tierra de España. Hay que ver Málaga en un día como éste, con sus calles y paseos, su Caleta y el Palo, su Alameda y su nuevo Parque, animados de maravillosas rosas vivientes, que van y vienen, sin coqueterías de países más parisienizados, pero todas carne floral y colores de vida, de salud y amor. Lo mismo las malagueñas de la aristocracia, que saben bien los usos y modas de París y Londres, que las de la clase media y las del pueblo, llevan en sus rostros un poema de encanto natural y una atávica chispa encendedora de corazones que hacen revivir en las más prosaicas almas de este tiempo práctico, un enamorado son de guzla, o una declamación que valga por una kásida. La malagueña es sultana u odalisca. O impera con la mirada, o halaga con la sonrisa. Hay cuerpos que van rítmicamente andando con manera tal, que el incensu patuit dea os sale de los labios. Hay ojos malagueños que son inmensos, y en su inmensidad está todo el cielo y todo el mar y todo el amor, junto con la inmensa voluptuosidad. Este es don particular de la hembra de aquí, como saturada del perfume de la ilusión moruna del mahometano paraíso. Son las anticipadas huríes. Y como a sus abuelas les impuso el catolicismo la devoción, hay en ellas una inquietante mezcla de ángeles católicos y zoraidas sarracenas. Tienen el más provocador de los pudores. Las cabelleras son copiosas y doradas o renegridas. He visto pasar dos hermanitas de las más opuestas cabelleras: la una nocturna, de noche tempestuosa; la otra auroral. Llevaban el pelo caído por la espalda, y no se podía menos de pensar ya en Margarita, ya en Mignon. ¿Y Esmeralda? A Esmeralda la veis a cada paso. Y si vais al suburbio, en el medio gitano, veis aparecer, aun en horribles tugurios, sus dos ojos negros llenos de pasión y maleficio.
La goletera, la heroína de Arturo Reyes, sale multiplicada de su barrio, seguida del novio y de los varios Pipirigañas que andan alrededor suyo. Como no soy muy ducho en distinguir las de la Goleta entre las del Perchel y de la Trinidad, se me antoja una Trini cada moza de las que llaman barbianas, con bellos ojos y caras y cuerpos de celeste pecado mortal. En el paseo, por la tarde, a orilla del mar quieto y amoroso en su dulce infinito, se juntan todas esas Trinis en grupos familiares, cerca de pequeñas hogueras en que en sartas se asan las ricas sardinas recién salidas del copo, y que se comen calientes, regadas después con el chispeante Montilla que pone luz solar en la cabeza y suelta estas ágiles lenguas, estas ágiles manos y estos ágiles pies, pues siempre se toca la guitarra, siempre se jalea, se acompaña al tocador con las palmas, siempre se cantan las gimientes malagueñas o los rítmicos tangos, y a veces se ve a una brava muchacha iniciar un paso en que luce el garbo heredado de las antiguas danzarinas andaluzas. Las percheleras y las trinitarias son famosas por su gracia y su habilidad para el canto y el baile. Así las he admirado al pasar, mientras un sol cariñoso teñía ya de oro, de violeta, de púrpura, el inmenso cristal mediterráneo.
Los hombres pasan con sus trajes nuevos, las americanas ceñidas a la torera, los sombreros grises cordobeses, los zapatos de charol con la inevitable caña de color claro. Y con ciertos andares y ademanes que hacen ver que el compadrito bonaerense ha heredado algo de por acá. Y las mujeres andan como que se deslizan, con los mantones de lana, blancos, rojos, azules, como las corbatas de los novios y amigos, y llevan las cabezas hermosísimas, adornadas con flores, profusamente, rosas fresquísimas y rosadas, claveles ultraviolentos, y unas especies de crisantemas pajizas que llaman goyetinas, y que completan la decoración floral. Quién va a la casa a preparar la cena de la noche, quién va a las barracas a comprar juguetes con los niños; juguetes que tienen todo el carácter local: guitarritas, castañuelas, panderetas y figuras de nacimiento, que se venden al lado del pin-pan-pum, divertimiento grotesco en que la brutalidad y el instinto de agresión humanos encuentran contentamiento, lo mismo en la feria de Neully que en la diminuta fiesta pascual malacitana. Las borracheras populares comienzan a hacer ruido por la noche. Se oyen pasar las sonoras «parrandas», reuniones de muchachos y muchachas del pueblo, que van cantando coplas por las calles, coplas que recuerdan la celebración del día, la Virgen en el pesebre, José, el niño Jesús, el buey y la mula. Y de paso va entremezclada la copla amorosa o satírica, al son de las zambombas, al grito de los pitos, al chocar de las almireces y castañuelas, al rasgueo de la inseparable guitarra. Hay quien se acuerda todavía de por qué se celebra esa noche; hay quien piensa, por la tradición, en la estrella de los reyes magos, en la aldea de Belén, en el Dios de los cristianos que nació pobremente, que murió hace muchos siglos, y por el cual se pasan ratos muy agradables y regocijados.
La nochebuena se viene,
la nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
¡Carrasclás, que gordo está el pavo;
carrasclás, que gordito está;
carrasclás, qué enjundia que tiene;