Su ciencia. Los que vivís en ese gran Buenos Aires de millón y medio de habitantes, palenque de todos los progresos del mundo; los que lucháis en esas capitales ricas y soberbias—dos o tres apenas en nuestro continente hispano-parlante—no podéis saber lo que de posible y de imposible ha realizado Luis H. Debayle para el saber médico en su pequeño país de acción y para que su nombre sea reconocido con elogio y su persona rodeada de consideraciones en los centros científicos europeos. Por más que adelantamos, Europa es aún el crisol del pensamiento del mundo. Y el mejicano Herrera; los brasileños, los argentinos Pérez, Ramos Mejía, Ingegnieros, Sixto y algunos otros, han logrado, al dejar su nombre marcado en una roca europea en la ascensión de la ciencia humana, lo que muchos no comprenden. Y así el franco-nicaragüense Debayle, descendiente de Montgolfier.

Saber e investigar mucho, constantemente; enseñar, curar, dar la vida, contribuir en tantas partes de la tierra: Wáshington, Méjico, La Habana, Budapest, París, a la recopilación de ciencia y de experiencia; ser querido y alabado por los Peau, Richelot, Landouzy; ser llamado un día a presidir, en la metrópoli de la gloria, un congreso de eminencias; amar de veras y con toda el alma su don científico y todavía saber recordar que Esculapio es hijo de Apolo. Pues he aquí que Debayle ha perseverado en el amor de la Lira, lo cual contribuirá a que en su jardín interior, aun en el invierno vital, haya rosas frescas.

IV

Si él publica este libro, es quizá por consentimiento a indicaciones amistosas, y sin ninguna ambición de «ma-tu-lu». Y luego, casi todas son flores de un jardín familiar; flores nicaragüenses: «cundiamor», «bellísima» y azucenas de todos colores. Hay sones de las antiguas liras románticas, de las que se «pulsaban». Hay sentimientos de hogar, antiguos ecos amorosos, perfumes que aun quedan de una tradición patriarcal. Y el mar nuestro aparece, mar de descubrimiento, de Robinson y de Antilla. Y aquí que yo recuerde al Debayle que volví a ver, después de tantos años, en el otoño de mi vida. Fuí a mi país tras larga ausencia. Toda aquella tierra ardiente fué para mí como un incensario. Se festejó nacionalmente el retorno del poeta pródigo. ¡Cuántos amigos de menos! ¡Cuántos que se llevó la muerte, cuántos cambiados, cuántos esquivos o por indiferencia tímida o por miserias ciudadanas que hasta a las nueve musas visten con un color político! ¿Qué tengo yo que desear allá sino que mi país natal adquiera fuerza, riqueza y cultura? ¿Qué sé yo de los oñacinos de León o de los gamboinos de Granada? Mas he de decir que el primer abrazo, o el más fraterno, de la llegada, fué el de Luis H. Debayle. Grises ya ambas cabezas, florecieron en seguida nuestros recuerdos, para los cuales contribuyó la literatura y este o aquel rememorar de amor igualmente perseguido antaño y nuestras mutuas conquistas y su París y mi Argentina. Y yo desperté en aquella imaginación de buen sabio la amable locura de los versos. Y fuimos a pasar los días de fuego de aquel verano tropical, a una isla risueña, desde la cual se divisan los cocotales del puerto de Corinto. Y allí hicimos rimas y ritmos. Y allí supe cómo la pasión estética coronaba bellamente una existencia de bienhechor de la Humanidad, y cómo el antiguo amigo de las odas a la hispánica había ya escuchado las siringas y liras de los modernos pastores y corifeos de poesía.

En el seguro monumento que su patria ha de ofrecer al doctor Debayle, junto a las simbólicas figuras que indiquen ciencia y caridad, sería propio esbozar una musa, no por discreta menos de origen divino. Y el abuelo Montgolfier estará en su eternidad satisfecho, cuando vea cómo de cuando en cuando su ilustre descendiente se ha fugado de las prisiones prácticas de la tierra para ir por los espacios de su globo, caballero en el sublime caballo alado.

Letras chilenas.
FRANCISCO CONTRERAS
UN LIBRO SOBRE ITALIA

Hay un poeta de Chile que vive en París desde hace algunos años. Es joven. Ha publicado ya varios libros y goza de renombre en el mundo intelectual hispano-parlante. Se llama Francisco Contreras. Su primera obra aparecida en Europa, Toisón es una colección de sonetos. De él dijo el incomparable Max Nordau: «Es realmente un toisón de oro suntuoso, fabuloso, digno objeto de la heroica aventura de Jason, fin «feérico» de la navegación del Argos». «Casi todas las piezas están saturadas del éter poético, tienen un aspecto deliciosamente patricio, son superiormente vistas, sentidas, dichas». A pesar del dañoso elogio del doctor, que ha escrito lo que ya se sabe sobre todo lo que brilla y vale en el arte contemporáneo, ese primer libro de Contreras tiene poesías de mérito, sobre todo porque de los primeros ha procurado apartarse del nuevo «poncif» castellano que ha echado a perder, entre otras cosas, el alejandrino y el gusto por lo «compuesto». Aun cuando se notan los orígenes o las supersticiones en la mayor parte de los poemitas, el autor logra que se advierta su propio espíritu, sus modos individuales de pensar y de sentir. He aquí una pequeña labor muy bien trabajada, aunque con el exceso de preparativos que se acostumbrara desde la introducción del simbolismo.

En desmesuradas yemas,

sobre los tallos entecos,

en los parterres ya secos