Hay muchas lagunas en este largo poema de tiempo en donde cantan tantas elegías... Mas es el caso que Luis Debayle y yo simpatizábamos en el amor de la lira y que ya él empezó a quererme como un hermano y yo a corresponderle de igual manera. Hasta donde me era posible, ¡helas!, pues el primero, que tenía haciendas y bufones le quería también como un hermano, y a pesar de mi ventaja poética, la competencia no era posible. Solamente la gran Hoz pone todo en su punto de justicia.
La verdad es que, poco tiempo después, yo me eclipsé, o más bien no aparecí literariamente, pues las odas y las cantatas de los padres hacían otros privilegiados, entre los cuales ese buen talento tan práctico y tan literario y tan sentimental de Román Mayorga Rivas que, comprendedor de su tiempo y de su misión, es hoy director del primer diario a la yanqui de la República del Salvador. ¡Y todavía Francis Jammes!
Entre estas memorias, que yo pongo aquí:
(Este ramo de ciprés para Mercedes, y este otro ramo de ciprés, con una rosa blanca, para Narcisa.)
III
Aquí no debía faltar que yo hablase de don Juan Pallais, uno de los tíos Pallais, de Luis de Bayle, hermano de su madre, afianzándose así el predominio de la sangre francesa. Y mi gratitud debe expresarse en memoria de quien fuera mi iniciador en la guía gala y la golosina, siendo como era aquel buen caballero gourmand gourmet. Y qué capítulo por escribir el de la cocina nicaragüense, que viene de seguro de aquellos platos profusos y maravillosos que se hacía servir el emperador mejicano Moctezuma y de los que hablan Cortés, Gomara y Bernal Díaz.
Mas llega el instante en que, en revistas ínfimas y precarias, en un medio primitivo, los jovencitos tentados por el demonio literario que era entonces ángel jesuíta, diéramos al viento sendas silvas a la clásica, naturalmente dirigidas al Mar, al Sol o la Virgen María. Y Luis Debayle realizó entonces tales o cuales lanzamientos líricos, más o menos divino Herrera o humano Alberto de Lista, que hoy mismo pueden sin desdoro figurar entre sus producciones rimadas. He de insistir siempre en que los padres de la Compañía de Jesús fueron los principales promotores de una cultura que, no por ser, si se quiere, conservadora, deja de hacer falta en los programas de enseñanza actuales. Por lo menos conocíamos nuestros clásicos y cogíamos al pasar una que otra espiga de latín y aun de griego. Jóvenes nicaragüenses de ese tiempo hay hoy, que, según tengo entendido, son hasta obispos y profesores en lejanas regiones.
El tiempo pasó. Yo partí, aun en la adolescencia, de mi tierra. Debayle supe entonces que había ido a París a estudiar medicina. ¡A París! A su dulce Francia, en que tanto él como yo soñábamos después de desleir en el fuelle armónico y viajero alegres marianinas, romanzas sentimentales o sones aprendidos de los marineros de Corinto o del estero Real.
Cuando partió Debayle escribió una página cordial en que junta a sus dos patrias: la grande Francia y la pequeña Nicaragua, en su afecto igual. Pero por más que él diga, prevalece, a pesar del afán de la tierra, el corazón francés.
Corazón francés, cerebro francés, nombre francés, eso es Luis Debayle. Solamente su gloria es centroamericana, pues el laurel no da sus ramos sino en donde se le riega. Y si, aunque nacido en Nicaragua, es ciudadano de Francia, su ciencia es en el país tropical y maravilloso donde vierte su bien.