Estas líneas, que sirven de prólogo a la producción literaria del doctor Luis H. Debayle, puede decirse que constituyen una página de mi vida. O más bien dos páginas: una de primavera y otra de otoño, ambas perfumadas por nuestras esencias de Nicaragua, de flores de jardines domésticos, rosas, azucenas, «mapolas» u orquídeas del bosque intrincado.

Pues mi conocimiento con este querido sabio armonioso viene desde la infancia, allá en la centroamericana ciudad de León. Allí tenía yo un primo que reunía en fiestas dominicales a niños amigos, entre los cuales Debayle y yo. ¡Oh la casa de mi tía Rita, en que la fatalidad se descargó un día!—¿justa o injustamente? ¡Dios lo sabe!—, y aquellos bailes de adolescentes, al son del piano, y los cuales solía perturbar, regocijar o asustar la aparición de dos enanos velazquinos que mi tía albergaba en su casa... Exactamente como en el Museo del Prado y como en la Historia.

Alegremente seriecitos nuestros bailes—trece, catorce, quince años el que más de nosotros—. Mi primo tenía «haciendas» de ganado y de caña de azúcar y su padre era cónsul. Otros eran hijos de médicos, de abogados, de gente excelente del Municipio. Luis Debayle presentaba muchas ventajas: tenía un bello tipo, era francés, y su padre, cuyos ojos azules reflejaban empresas de Lally-Tollendal y la Compañía de Indias, que habrían deleitado a Francis Jammes, hacía cargar en los puertos que dejaron los viejos españoles bergantines con la bandera de Francia, que traían a Europa maderas olorosas y de tinte, rojas como el Brasil y amarillas como la mora. Pero entre todos los adolescentes que danzábamos mazurcas y polcas con las niñas, era yo el que hacía versos. Ello me creaba la extraña, pero innegable superioridad que tienen el arzobispo, el ruiseñor, el torero y el pavo real. Como me comprenden ellos bien, ni el arzobispo ni el ruiseñor tomarán a mal lo promiscuo. Ya se entenderá que yo, que veía en Luis Debayle el hijo de un realizador de ensueños que había sorprendido en tal cual almanaque, y él, que me confiara desde luego su amor a la música, hiciésemos en seguida una gentil unión de cariño. En casa de Debayle, a poco tiempo de nuestra primera intimidad, bajo la complacencia maternal, fraternizábamos furiosamente en el acordeón. Por lo que a mí toca, hoc era in votis, y he aquí por qué aun estoy y estaré siempre enredado entre los profusos y dificultosos para la marcha en el mundo de laureles apolíneos.

II

Fué, pues, Luis Debayle uno de mis primeros compañeros de armonía. Así en acordeón, cielo azul, u órgano en la iglesia de la Recolección, de los jesuítas. O en San Ramón, donde tanto él como yo y tantos otros ostentamos en el pecho la cinta azul y la medalla de oro de los congregantes:

Oh María,

madre mía,

dulce encanto

del mortal...

dirigidos y acariciados por un padre Tortolini, anciano, un padre Valenzuela, poeta de Colombia, un padre Koning, sabio astrónomo, un padre Juinguito, hoy obispo de Panamá... Y lo que he perdido en el recuerdo...