Bajo el puente oscilante del raudo transatlántico,
el mar alza en la sombra como un solemne cántico,
la luna que se eleva tras lívido celaje.
Tiende un cendal de perlas al trémulo oleaje,
y la sirena alada de la brisa marina,
pone en mi oído una canción triste y divina.
Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.
A mi espalda el miraje de la nativa tierra.
Con su fértil campiña y su nevada sierra: