la ciudad en un nido de bosques frescos, grandes,

bajo el dosel de plata de los mágicos Andes;

el hogar entre rosas de la heredad florida;

y la madre dejada, y la amada perdida...

Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.

Ante mí la amenaza del porvenir arcano:

el mar que entre las sombras canta su canto arcano,

el horizonte negro, mudo como una esfinge;

la luna que en la niebla un llanto eterno finge.