En el Bogotá intelectual que os describiera en un libro memorable el bien recordado Martín García Mérou, se destacaba de singular manera, hace ya algunos años, la figura de don Francisco de Paula Carrasquilla. Este era un gentilhombre de ingenio. Lleno de cultura y amargado de vida desde muy temprano, supo acorazarse de filosofía, y su espíritu prefería siempre manifestarse en epigramas apotegmáticos, alusivos, corrosivos o risueños, que iban de boca en boca picando como abejas. De la más pura tradición española, su castizo epigramario, en la parte que no tiene de exclusivamente, diríamos así, municipal, debería figurar en las antologías. En Colombia, desde luego, viven y se prolongan en la memoria del pueblo.
Como en la mayor parte de los satíricos, había en Carrasquilla un sentimental, y sus espinas métricas estaban impregnadas de curare de íntimas amarguras. Así murió con su filosofía y con su sufrimiento.
Con su filosofía y con su sufrimiento diríase que renace en el espíritu de su hijo Carrasquilla Mallarino, cuyo libro Visiones del Sendero acabo de leer, y cuyo hallazgo me apresuro a comunicar a mis habituales lectores.
Sé que hay quienes se extrañan por lo que llaman el exceso de mis alabanzas y de mi entusiasmo para con los jóvenes. ¿Y a quién alabar y por quién entusiasmarse sino por la juventud? Cuando el talento empieza a florecer es cuando necesita riegos de aliento. Maldito sea aquel mal sacerdote que engaña o descorazona al catecúmeno. Cuando han pasado los días de los ímpetus primeros y se sienten venir las flechas de los primeros desengaños vitales, ¿de qué sirve el estímulo? Los que supimos de dolorosos comienzos y no encontramos en los albores de nuestra carrera sino críticas acres o desdenes hirientes, comprendemos el valor de un empuje, de un apretón de manos, de una sonrisa aprobadora, de una rosa confraternal a tiempo. Quien no anima al joven que se inicia, anatematizado sea.
Y todo debe ir basado en la comprensión, porque sin comprensión todo es comedia o engaño. Así pues, comprendiendo bien el alma de Carrasquilla Mallarino, alma translúcida como un cristal y alma de amanecer, os hablaré de ella y de sus condiciones de mentalidad y de armonía. Yo conocí a este joven poeta en mi natal Nicaragua y allá fué mi compañero solar junto a los mangales y cocotales y bajo los soles abrasantes de la isla de Corinto.
Fuéme simpático por lo comunicativo y cordial de su carácter, por su rapidez de entendimiento, por saber que siendo de tan pocos años había corrido mares y tierras extranjeros, hablando lenguas distintas y ganándose el vivir noble y bravamente, y luego porque me encontré en él a un gran admirador y amador de la Argentina, y porque supe que era sobrino de Jorge Isaacs, el autor de María.
Nuestras conversaciones eran sobre asuntos de artes y de letras. Él era comedido, pulcro, observador, y jamás se propasó en confianza o se explayó en pedantería. Pedía consejos a mi experiencia y pagaba con buen cariño mi interés por su intelecto. No estaban en choque en él sus dotes de hombre de negocio y comercio con sus facultades de escritor y de lírico, y jamás fueron destruidos los perfumes bogotanos por relentes de Nueva York. Por pura afición mental acompañóme hasta la ciudad imperial yanqui, desde la isla nicaragüense cuando mi retorno del último viaje que hiciera a las tierras de mi infancia. Después nos vimos varias veces en Europa. Se me aparecía de súbito, sin previa anunciación. Venía de Rusia o venía de Italia, o venía de Holanda, pues sus afanes de globe trotter no tienen punto de reposo, y he aquí que de pronto no recibo su visita personal, sino la de su libro, su libro de poeta, que he leído en esta otra isla de poetas.
Inútil decir que se trata de una obra «moderna». Nadie puede hoy, en cosas de pensar y de escribir, levantar la cabeza sin sentir que le rozan la frente las ráfagas libres de las ideas nuevas. Y cómo será la virtud de éstas, que aun, a su influjo, se suelen ver florecer fósiles.
En este pancours du rêve au souvenir si hay mucho de ideal hay no poco de sentimental. La primavera se impone; pero no es una primavera triste, casi otoñal, como suele verse frecuentemente en el corazón de los poetas de verdad.