hay un lamento que vaga
—una pregunta que indaga
si te olvidaste de mí.
Variados ritmos y rimas se dedicarán a la gracia y tentación carnales. Hay una especie de masoquismo lírico para cada una de las personas de las partes del cuerpo femenino. Son los ojos, las caderas, las cejas, la boca, las manos, el cabello y—como en D'Annunzio y en Verlaine—una y otra vez las manos. Como es de rigor, han de surgir de cuando en cuando los principales conocidos personajes de la farsa italiana. De cuando en cuando, entre mujer y mujer, se impondrá un buen trozo de filosofía. En climas diferentes y bajo cielos distintos, la invasora e inexorable tristeza, y el tábano interior del forzado recuerdo. Encuentra un hermano en cada artista. Así tal hombre que toca el violoncello sobre las olas:
Fluye un pasaje trémulo de Bach... El violoncello
es como un aparato para hablar con el cielo
de las cosas del alma. El músico es todo arco;
diríase que es suyo el corazón del barco...
Aquí pasa una visión parisiense; allá se ve una luna de Flandes; aquí se canta el «gran despertar de la tierra». Y las vampiresas vuelven a imponerse de tanto en tanto, como por irremediable turno, y ante ellas se deshojará una copiosa cantidad de versos.
Mas he aquí que se imponen deberes espirituales y superiores y, por ejemplo, «El grito de la hora», dedicado «a la memoria del gran Bartolomé Mitre», nos señala otra actitud del poeta: