—Pero usted ha hablado, hace algunos años, de bohemia del barrio Latino en La Nación.

—¡Sí, hace doce años! Las cosas han cambiado. De todas maneras, para que usted se convenza, iremos a verlo.

Y fuimos esa misma noche.

Comenzamos por visitar los clásicos cafés D'Harcourt, Vachette, Soufflet. Unos cuantos caballeros particulares, solos o en compañía de más o menos elegantes damas o damiselas.

—¿Y los estudiantes?

—Esos son los estudiantes.

—¿Y esa gravedad?

—Los estudiantes actuales son graves, gravísimos. Han leído todos los libros y tienen la carne triste.

—¿Y los gorros tradicionales?

—Suelen llevarlos los que no son estudiantes. Fijáos. Esos jóvenes bien vestidos trascienden a bulevar, y no al de Saint-Michel. Son vividores y arribistas. Juegan a las carreras y se mezclan en las pequeñas políticas. El antiguo estudiante, desinteresado, jovial, buen muchacho, lírico o cancanista, ha desaparecido. Y entre las filas de los nuevos, no es raro encontrar el candidato a la correccional, el sospechoso galán que aquí tiene un nombre ictiológico, y hasta el futuro cliente de los presidios. Mi querido señor Murger es ya tan viejo como Villon, y las Mimís de hoy conocen Saint-Lazare por repetidas visitas.