Fuimos a comer a la taverne del Pantheon.

Las mesas estaban casi todas ocupadas, bajo el plafond en donde triunfa la apoteosis de Verlaine. ¡Del pobre Verlaine! Nos sentamos y pedimos el menu, que, como en los grandes restaurants, no tiene los precios marcados. Oímos que se detiene a la puerta un automóvil, y un joven, con una muy bien prendida cocota, entran y van a sentarse no lejos de nosotros. Un caballero a mi lado, con la roseta de la Legión de Honor, solo, se aplica una sustanciosa perdiz trufada, regada con un burdeos venerable. Es el actor Mounet Sully. El sommelier va de un punto a otro, apuntando los vinos. ¿El joven y su compañera, que acaban de entrar, comerán con cordon rouge? Hay un ambiente de elegancia y de alta noce que choca a mi amigo en semejante lugar. ¿Pero no es este un centro de estudiantes?

—Es este un centro de estudiantes. No estamos en el café de París; estamos en la taverne del Pantheon. Pero el estudiante de hoy, rico o vividor, viene en automóvil, tiene una querida de lujo y come con cordon rouge. ¿No os parece que se pierde en las lejanías de un tiempo tan fabuloso como el de Homero, la figura de Schaunard, de Colline, de Marcel, y «la influencia del azul en las artes?...» Sí, amigo mío; todo eso es un pasado ensueño. Y al estudiante actual que le preguntáseis si ha leído la novela cara al maestro Puccini, os respondería sin vacilar: ¡Connais pas!

Rue Champollion, en el cabaret llamado Les Noctambules. Es un lugar exactamente igual a sus congéneres de Montmartre, Lune rousse, Quat'-z'-arts, o des Arts. ¡Cuánto tiempo hace que no asistía yo a una de estas típicas reuniones! La primera vez, allá, cerca de Butte, fué un deslumbramiento y un encanto para mi juventud soñadora y ansiosa de las cosas de París, por tanto tiempo deseadas. Los cabarets me parecían templos de poesía, las queridas de esteta, diosas o princesas prerrafaelistas; y los cantores melenudos aedas maravillosos.

Al entrar a Les Noctambules evoqué mis sensaciones pasadas. Era un medio igual a los antaño conocidos. Una sala un tanto estrecha en donde en sendas sillas se aprieta un auditorio heteróclito. En los muros, retratos de artistas y cuadritos de caricaturistas conocidos y desconocidos. Un piano cerca de la entrada y una tarima adonde suben los cancionistas a llenar su número.

Las sillas están todas ocupadas, y, con dificultad, en un rincón, logramos que se nos coloquen dos desde donde podemos presenciar la función, el desfile de personajes. Los mozos circulan, llevando a los consumidores el indispensable bock, o cerezas en aguardiente. Hay en la concurrencia tipos de todas clases. Unos parecen burgueses con sus esposas e hijas; otros, estudiantes y pintores, u hombres de letras y sus correspondientes alegres mujeres. Para hacerme recordar más las antiguas noches montmartresas, he ahí que se me acerca vendiendo programas el enano Auguste, el enano velazquezco del cabaret de Quat'-z'-arts, el tantas veces retratado por el lápiz de Leandre.

El cabaret Les Noctambules fué fundado hace unos cuantos años por Marcel Legay, a iniciativa de Martial Royer. Ya antes, sin resultado, se había intentado hacer algo semejante en el café Procope y en el Voltaire. Legay publicó un lírico manifiesto dirigido a messieurs les étudiants, y el cabaret se fundó, con buena suerte que le dura hasta hoy. Los artistas son los mismos que en Montmartre. Todas las noches tienen que pasar el río para ir a cantar su canción.

Boyer anuncia que «nuestro querido compañero Maurice Merall va a ocupar la atención del público», y aparece un señor que dice más bien que canta, acompañado por el pianista, unos cuantos couplets escatológicos sobre los malos tratamientos a los negros en las colonias de África. Cada grosería es aplaudida por los hombres y sonreída por las mujeres. Tras el último aplauso, se anuncia a M. George Gerad, llamado Bernardini, «antiguo bandido corso». Este señor, de tipo en efecto corso, pero no de bandido sino de hortera, canta y canta mal:

Je suis Bernardini le fameux bandit corse