Mas los patinadores son incansables. Cuando uno ha dado la vuelta por todo el vasto jardín, y oído un poco de cosas del Guiñol y aun hecho una visita al Museo, aun encuentra el ancho círculo de curiosos que marcan los giros e idas y venidas de los sportsmen y sportswomen amigos del patín rodante. Y ya la noche va cayendo y no hay fatiga para ellos. Se pensaría en una voluptuosidad especial, pues se ve que gustan de ese ejercicio como de un pecado. Hay varios skating rings en París, mas éste que tiene por techo el cielo y por vecinos los pájaros de los árboles, debe de serles singularmente satisfactorio a los patinadores.

Sarah-Nerón.

El prodigioso espíritu que se encarna en el no menos prodigioso cuerpo de la más grande de las trágicas francesas, está por realizar un nuevo avatar. Los años que avanzan y pasan han ido alejando a Theodora y a la Dama de las Camelias. La voz de oro ha adquirido timbres más graves, y la masculinización se impuso gracias al flexible talento, al talento genial. Sarah se transfiguró en el ambiguo Lorenzaccio de Musset; en el de negro vestido príncipe de Dinamarca; en el Aiglon de Rostand. Ahora se anuncia un nuevo travesti, en una obra clásica. Y Sarah será Nerón en Britannicus; y, vencedora de la vejez, aparecerá otra vez vencedora y encantadora por la virtud suprema del Arte y de la Poesía.

Adiós a Moreas.

Adiós, Jean Moreas, grande y buen poeta, amigo poeta, que fuiste tan gentil, tan lírico y tan noble. En mi juventud pasada busco para ti una corona de recuerdos. Fué en la primavera de 1893. Yo venía loco de París, a París, por la primera vez, de paso para Buenos Aires. Me hospedaba en un hotel cercano a la Bolsa y que ya no existe, el hotel de la Bourse et des Ambassadeurs. ¿Quién me presentó a ti, a quien tanto deseaba conocer, lleno como estaba de mis ensueños y entusiasmos poéticos? Probablemente Carrillo, que a la sazón trabajaba en casa de Garnier, colaborando en el Diccionario de Zerolo y en otras cosas. Probablemente Alejandro Sawa, que flotaba en el ambiente parisiense como en su propio elemento, con su bella figura de bohemio. El caso es que la misma noche de nuestro conocimiento mutuo, amanecimos, con otros compañeros, en el Mercado Central, comiendo almendras verdes. Yo estaba orgulloso y contento con ser amigo íntimo del Peregrino Apasionado. No había visto aún a Verlaine. Sí a Charles Morice, con quien, no sé ya cómo, nos encontramos al amanecer en mi cuarto del hotel. Tú recitabas versos sonoramente, egregiamente, con gestos pomposos, retorciéndote de cuando en cuando los bigotes de palikaro. Me encantaba que fueses de Grecia y que te llamaras Papadiamantopoulos.

Tengo presente que junto a una mesa, Morice y Sawa examinaban dos libros que yo saqué de mi baúl, mi Azul y Lives of Grass, de Walt Witman. Yo salí a pedir café y alcoholes. Cuando volví no te encontré en el cuarto. Fuí en tu busca, cuando vi toda azorada como una ninfa, a la petite bonne del establecimiento, que huía y a ti persiguiéndola, con el rostro de un fauno y los brazos extendidos, al modo de Júpiter tras Dafné, e ibas, como los satiraux de tus versos, sautant par bonds.

Después partí para Buenos Aires y publiqué allí sobre ti largas páginas que tú no viste nunca, por la sencilla razón de que no te las envié jamás. Cuando retorné a París, años después, había ya blancos en tu cabellera. Volvimos a estar juntos en el amado Barrio, y a pesar del tiempo transcurrido, de tu aspecto enfermizo y de tu delgadez, tu gesto era el mismo de antaño, tu segura y generosa palabra brotaba siempre sonora y juvenil. A tu modesta morada del boulevard Bouman te había ido a buscar la gloria oficial, y así sangraba en tu solapa la cinta de la Legión de Honor. Tu Ifigénie, de la cual había yo publicado antes en La Nación una corta primicia, había sido representada triunfalmente en arenas meridionales y en teatros parisienses y europeos, en donde la voz de Silvain clamaba heroicamente tus puros alejandrinos. Habías ya, como alguien ha dicho, «agregado a Sófocles, un aire de Homero y de Virgilio». Y tú seguías, en el medio de los estudiantes y de las jóvenes frecuentadoras de Bullier, en tu querida orilla izquierda del Sena, la misma vida de tu juventud, dando a los adolescentes envejecidos un ejemplo de constancia en la alegría y en el ensueño, con tu tabaco, tu vermouth, o tu cerveza, gozando con el placer de la noche, departiendo de arte y de belleza con tu compatriota Demetrius Asteriotis, o con otros viejos amigos. Allí, en tu Vachette preferido, nos vimos la última vez. Antes te había visto frecuentar algunas tardes el Napolitain, en el grupo de Mendés y su mujer. Courteline, Silvain, Carrillo y otros menos famosos. No pasabas inadvertido, pero no eras el imperante, dado que el viejo lírico que tuvo tan mala muerte, monopolizaba las atenciones. Deseaste un sillón de la Academia, justo e inocente deseo. Y cuando estabas cercano a la probabilidad de lograrlo, se te abre la tumba como una trampa de la suerte.

Tantôt semblable à l'onde et tantôt monstre ou tel

L'infatigable feu, ce vieux pasteur étrange

(Ainsi que nous l'apprend un ouvrage immortel)