Se muait. Comme lui, plus qu'à mon tour, je change.
Ya no cambiarás más. Queda tu gloria, una gloria serena y de antología. Tu nombre tendrá que pronunciarse cuando se estudie la historia de las letras francesas a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Fuiste la probidad intelectual viviente. Fuiste modelo y espejo de poetas, por tu confianza en ti mismo, por la dignidad de tu vuelo, por tu superioridad moral sobre las miserias y pequeñeces del mundo.
Y si yo llego a la ancianidad, me he de complacer en contar a los adolescentes de mañana, privilegiados por las musas, las horas de mi amistad contigo, como un hermoso cuento. ¡Adiós, Jean Moreas, grande y buen poeta, que fuiste tan gentil, tan lírico y tan noble!
¡Que el juego te haya sido propicio!
El doctor Doyen o la justa malquerencia.
El doctor Doyen es famoso. Tiene, pues, enemigos. El doctor Doyen es un cirujano prodigioso. Tiene, es claro, enemigos. Es dueño de una fábrica de champaña. Tiene muchos enemigos. Tiene unas amiguitas de belleza renombrada. Tiene muchísimos enemigos. Tiene y gana enormemente dinero. ¡Tiene innumerables enemigos! Ninguna mal querencia más justa.
Se le acusa, pues, por su fama, por sus operaciones, por su champaña, por sus amiguitas y, sobre todo, por su dinero. A pesar de todo, él continúa impertérrito, escribe en los periódicos, tiene un duelo quijotesco, y ahora da una conferencia en el Odeón sobre La malade imaginaire, de Molière. Ha operado bien. La dirección de la pieza ha estado perfectamente hecha, y el personaje principal ha resultado a la moderna un neurasténico. Luego presenta la cuestión de si el tipo molieresco es una invención escénica o la representación de un personaje de carne y hueso que Molière conociera. Doyen opina esto último. «Pero—dice—los médicos de Molière... debería decirse más bien, los médicos del tiempo de Molière, pues su ciencia dejaba mucho que desear. Desde luego, los médicos de la época de Molière eran ya los enemigos de toda innovación».
En el entreacto que precede a la representación de Le malade imaginaire, pláceme ir por el foyer, por los pasillos, donde se apiña una excelente concurrencia, en la cual hay muchos médicos. Y crítica por aquí, pinchazo de bisturí por allá, sonrisas sarcásticas acullá... ¡Envidiosos!
En el Louvre.
Entre las oleadas de gentes que recorren las salas del vasto Museo acabo de ver pasar a Gabriele D'Annunzio con dos amigos. Se han detenido en la escuela española delante del nuevo Greco.