Luego noto la presencia de una figura conocida. El fieltro con el ala doblada verticalmente, la tez de buen color sonrosado, los ojos vivos, la larga pera blanca que cae sobre el pecho erguido, todo el aspecto con algo de militar, de mundano y de artista. A poco estoy hablando con el personaje. Es el general Mansilla. Y como se acercan los doctores hispanoamericanos Debayle y Amoedo, todos escuchamos al admirable conversador, que habla largamente.

Dos autoridades en la materia, Maurice Barrés y Robert de Montesquiou, han alabado como se debe el don de la palabra florida, oportuno y espiritual en este argentino, que es una de las personalidades más parisienses. Bien colocado está en el todo París que representaron de bulto recientemente Sem y Rouville.

Todavía se le siente fuerte, a pesar de los embates del tiempo. Se impone a las dolencias. Muestra su voluntad de vida. Se ve como un bello ejemplo para los jóvenes. Lleno de años, conserva su famosa elegancia masculina. No se refugia en el encierro como un Sagán. Pasea, goza del aire libre de que siempre gustaron su alma libre y su cuerpo sano. Y aun parece que en la galantería misma, listo estaría el mismo Eros para decirle: «¡Presente, mi general!»

Y su memoria... Me recuerda, en estos instantes de conversación, mi llegada a Buenos Aires, la comida que me dió en su casa, a la cual asistían, entre otros amigos, el doctor Celestino Pera, lo que me dijo, en dilatado y sapiente y ameno decir, una tarde, en la plaza de Mayo, sobre el espíritu argentino, sobre el pasado, el presente y el porvenir argentinos. Y el prodigioso general me repite los mismos conceptos de antaño, y nos asombra su buen humor, su facundia correcta, su incomparable don de gentes. Su hablar va matizado de anécdotas, adornado de citas, florido de ocurrencias.

Los tres que le escuchamos estamos encantados. Los franceses que pasan lo miran con interés y curiosidad. Nos cuenta de su último libro, y de sus Memorias, que no serán publicadas hasta después que se vaya del mundo. Deja a su albacea encargo de que si algo encontrase que crea que no se debe publicar, lo destruya, porque «demasiados malquerientes tenemos en vida para ir a aumentarlos después de la muerte».

Y nos separamos de él alabándole y deseando para nosotros una vejez, no verde, sino como esa, dorada y de color de rosa.

Rémy de Gourmont y la gloria.

Nosotros admiramos a Rémy de Gourmont en la América latina, conocemos, quien más quien menos, su obra. En el mundo intelectual norteamericano es igualmente conocido y admirado. Guillaume Apollinaire cuenta que en Inglaterra, donde pasó algún tiempo en 1904, le preguntaban:—«¿Conoce usted a Rémy de Gourmont? ¿Cómo es? ¿Qué dice?»—Y él contestaba:—«Rémy de Gourmont, cuando está en su casa anda vestido con un hábito color carmelita... Vive entre libros y grabados de todas las épocas... Apenas habla.»

¡Estas mujeres!