No hay en ellos, en suma, sino el propósito de revelaciones que interesan a un público de curiosos de intimidades literarias, y de aficionados a cuentos de café y cervecería. Están en la misma línea que esa malhadada fotografía de la serie nos contemporaines chez soi, que se ha reproducido en magazines e ilustraciones extranjeras, y en la cual aparece «en su casa» el infeliz gran poeta, ante una mesa tabernaria en que se ve el brebaje fatal a su existencia y a su reposo espiritual, por tantos años. Tal crueldad iconográfica hace, con justicia, estallar la cólera fraternal de Lepelletier. Este de ningún modo acepta la usada comparación entre Verlaine y Villon, como no sea en ser ambos dos portaliras en extremo amados de las musas y de los dolores, y en ser cofrades en la devoción y la plegaria, podría agregarse.
Sistema opuesto, el del Pílades literario, al de tantos plumíferos parisienses e internacionales, cuyos recuerdos barriolatinescos y báquicos no han contribuído sino a la universal transformación del Fauno místico en una especie de tipo lastimoso y mendicante, saturado de todos los alcoholes y roído por toda suerte de bajos vicios.
Mucho pesará a los adoradores de la soucoupe el saber que Verlaine era un hombre de ideas burguesas, que si vivió la vida de bohemia, fué forzado por las durezas de la suerte, por las caprichosas circunstancias que amontona la casualidad, esto es, de todas maneras, la ley del destino, para hacerles torcer su dirección, y cambiar la tranquilidad de una existencia que hubiese sido honestamente apacible, por las tormentas pasionales y las noches borrascosas a que conducen los desatados instintos y las ponzoñas de la voluntad.
Una mujer de poca comprensión y escasa paciencia y un puesto modestísimo que, en la administración municipal de París no pudo volver a ocupar después de la Comune—pequeñas miserias—, decidieron el destino, tal el diablo hace esas cosas, del futuro verleniano. Para la gloria, gloria amargada, y para el arte, propicio encadenamiento de hechos; más terremoto sentimental y mental en el mal herido de desesperanza que, antes que el paraíso católico, dignamente ganado a son de tiorba y salterio, tuvo que pasar largos años en el, más que purgatorio, infierno del alcohol.
Al por siempre niño no fueron sino fatalmente dañosas las malas frecuentaciones; así la de ese terrible Arthur Rimbaud, que pudo librarse de su demonio intelectual poderoso y perverso, transmutando su vida en el hierro de una acción que hizo del poeta desorbitado un mercader de Oriente, explorador de lejanas Áfricas, un negociante entre negros, cuya labor colonial no supo a tiempo aprovechar su patria. Muerto antes que Verlaine, cuya vida acibaró de locuras y mala influencia, él tiene su monumento en la villa natal, en tanto que todavía no se ha podido conmemorar en bronce o mármol al autor de Sagesse.
Hase pretendido en lo referente a familia, que Verlaine descendía de noble origen, según los manuscritos genealógicos de Le Fort. Vendría de los señores de Verlaine en el Luxembourg. Lepelletier no juzga exacta la ascendencia, antes bien, cree muy aceptable la eclógica parentela de que ha hablado Saint-Pol-Roux en uno de sus magníficos libros. «Un mi camarada, viejo pastor que apacentaba cotidianamente su ternera y sus dos vacas delante de mi morada, me dijo, un día, llamarse Verlaine. Me estremecí. Conversamos. Me contó su raza. Intrigado, intenté rebuscar. Pronto pude asegurar al pastor belga que un gran poeta de Francia era su pariente, de él, tan chico; lo que le hizo relinchar de alegría.
Anudando entonces sus cejas, como si hubiese cruzado los finos brazos velludos de su memoria, sondó este rincón para, a la larga, extraer un encuentro, antes, en los alrededores de Paliseul, en casa del coronel Grandjean, con un colegial de dieciséis años. ¡Y, bien! Ese Pablo olvidado, de quien me enseñáis la fama, es mi primo hermano segundo, declaró el pastor de Arville. Resumamos sus decires: El bisabuelo de Verlaine, después de haber seguido a los ejércitos franceses, como jefe de convoy militar, se estableció en Arville, viniendo de Braz, aldea vecina, elegido franc-fied por el abad de San Humberto. Dispensado del diezmo, su función consistía en asistir de uniforme, y con el sable desenvainado, a las misas solemnes de la abadía. De su matrimonio con una Henrion nacieron Miguel y Enrique. Enrique tuvo dos hijas y un hijo, el capitán de ingenieros, padre de Pablo»... Esos rústicos entroncamientos demuestran lo justo en Verlaine de sus inquietudes sílvicas de corzo, su natural arisco, su estirpe pánica. No pueden más que interesar vivamente sus despertamientos sentimentales, más sensuales en él que otra cosa, y los primos deseos en el alma del lírico sátiro que naciera tan mal dotado de físicos atractivos, pudiendo ser su rostro de adolescente, argumento de la teoría darwiniana, antes que clasificada de mongoloide su fatigada testa socrática, por un doctor escandaloso que tuvo, a causa de su seudo-ciencia periodística, cierta boga hace ya algunos años. Mas después habrá que considerar cuán buena estofa de páter familias había en quien ha dejado para su hijo—educado lejos de él y a quien nunca pudo ver—en prosa y verso, los consejos más cristiana y tradicionalmente morales, y patrióticos además, a despecho de todas las demoledoras modas. Verlaine, aparte de su genio y de sus caídas, dañosas tan sólo para sí mismo, fué en el fondo, y quizá siempre, eso que «para algunos todavía es de valor»: hombre honrado. Jamás se ha visto furia dolorosa igual a la de ese desdichado por la pérdida de su hogar, por la separación de su mujer, quien, en verdad no le merecía tanta llama inadecuada. Con una mujer paciente, dulce, una familia constituída, y la vida asegurada en su papel de funcionario, habríase destruído en él, sin duda, el veneno de las fatales amistades, y, excelente ciudadano, rodeado de hijos, tuviera un fin apacible en la honestidad de su retiro. Claro es que el arte humano habría perdido tanto sollozo incomparable y la católica poesía tanto gemido místico y tanta oración temblorosa de viva fe, de piedad infinita.
Lo único en que Lepelletier deja sospechar la influencia sectaria, en su manera de exponer el alma de su glorioso y desolado amigo, es en no ver en Verlaine convertido un poeta más lleno de la gracia suprema que de propósitos más o menos literarios; y el querer disimular la ferviente sinceridad de las «Confesiones» en lo relativo al holocausto de aquella pobre ánima, anímula abatida, en honor de Dios y arrepentimiento de sus incontenibles yerros. Nada tienen que ver el Jesucristo y la Virgen verlainianos, que no son otros que los de los niños de primera comunión y los del creer del carbonero, con los Odin y Teutates parnasianos, y toda la védica teogonía y toda la soberbia y logolítica erudición de la poesía de Leconte de Lisle. El catecismo, sí, era su libro. Y hay en él también algo franciscano. Entre sus ramos de claveles, rosas, hojas de viña, y tal o cual orquídea, respiráis perfumes de fioretti.