Se diría verdaderamente que la República tiene miedo a los muertos.

Nada más curioso, más sugerente, a este respecto, que las recientes querellas, que nacidas en las escuelas primarias y en los establecimientos de enseñanza secundaria, han tenido su fin en la Cámara de Diputados, querellas relativas a los manuales de historia de Francia y de moral. Concluídos, desde hoy en adelante para los futuros alumnos franceses, los excelentes libritos en que sus autores habían enseñado que Juana de Arco es una santa heroína, que Luis XIV es un gran rey, que la monarquía ha hecho bellas cosas, que la Iglesia ha hecho en la Edad Media servicios eminentes, tendrán en cambio otros manuales en los que el espíritu democrático habrá reducido a su talla todo lo que fué potente y noble, y no se deberá considerar a los reyes sino como déspotas corrompidos, y a los sacerdotes como siniestros sectarios.

Conocéis la leyenda de aquel tirano griego que extendía a los viajeros sobre un lecho, cortaba los pies a los que sobrepasaban y estiraba los de los que no llegaban a la extremidad. El espíritu democrático no estira: por poco, cortaría los pies como la Revolución cortaba las cabezas.

Esta política de nivelación sistemática, ejerciéndose por todas partes, en el pasado lo mismo que en el presente, inspirando todo, dominándolo todo, atrofiando los hombres y las cosas, las ideas y las empresas, tal es, a mi entender, el mal verdadero de que sufre la Francia actual.

Contado tengo yo también cómo el norteamericano francófilo firmemente confía en el porvenir de este bello país. Primero, porque el buen sentido, que siempre ha sido tan francés, concluye también por triunfar, y luego, los franceses individualmente son sanos, razonables e inteligentes, y con poco más pueden serlo colectivamente.

Bostock.

Ha vuelto Bostock a París, no ya al enorme Hippodrome, sino allá lejos, por el Jardín de Plantas. Gran beluario, soberbio domador, de los primeros del mundo. Bostock no gusta verter la sangre de las fieras como su coterráneo Roosevelt, antes bien, las cuida, las ama y las domina sin crueldad. Así logra penetrar en el alma extraña y misteriosa de esos nuestros hermanos inferiores. Este norteamericano, fuerte y sereno, está tan lejos de Nemrod como cerca de San Francisco de Asís. Tras su cara de emperador Guillermo se oculta un espíritu dulce para las bestias. Como el buen hombre de las Mil y una noches, que apaleó cuerdamente a su mujer, sabe tanto del idioma de los animales como no lo sospecha M. Rostand. Bien ha dicho la neoyorquina Ellen Velvin al escribir sobre Bostock, a quien frecuentara, que no notó nunca en él «el menor acto de crueldad». Ni en los empleados de su circo. «Todos los domadores, todos los guardianes, estaban orgullosos de sus animales y tuve mil pruebas de su bondad y de sus cuidados para con sus discípulos. Los animales enfermos eran muy bien tratados. En el caso, entre otros, en que un leoncillo se enfermó de convulsiones, noté que muchos guardianes tenían las lágrimas en los ojos cuando la pobre bestia se crispaba torturada por el dolor». ¿Dudáis de esto? Es que no habéis visto como yo las aflicciones de mi querido Frank Brown en Buenos Aires por las palpitaciones de corazón que le daban a un perrillo al cual había enseñado el gentleman-clown a voltear para atrás. Más que los poetas que pintan a los brutos con los peores defectos de los hombres, deberían esos hombres de los circos ser nombrados socios honorarios de las Sociedades protectoras de los animales.

Bostock ha contado su vida. De niño jugó con leones, pues sus antecesores fueron también maestros de fieras. La frecuencia del animal aguzó su inteligencia para comprender y hacerse comprender de esos compañeros. Aprendió, según su decir, que la personalidad de ellos es tan netamente manifiesta como la nuestra, y que ciertos rasgos característicos suyos pueden ser fácilmente comparados con los de la especie humana. «He conocido muchos leones y tigres tan malos y tan indignos de confianza como ciertos humanos. He encontrado mil otros que hubiesen desdeñado aprovecharse de una ventaja deslealmente obtenida. He hallado que la mayor parte de ellos son honrados, amables y sinceramente afectuosos». De todos modos es muy posible que entre todos los lobos no se encuentre uno solo que sea el «hombre» de ellos y que haga escribir un apotegma a algún Hobbes aullante.

Se precisa tener un fondo puro para, como en el caso de Bostock, llegar a ser «comprendido» y «apreciado» por las criaturas que no hablan a la humana. A menos de no ser el niño hindú, de Kipling, se necesita para comunicar con ellos paciencia y constancia, y aprender a no mortificar sus espíritus «lentos y rebeldes». Todo esto lo enseña Bostock. A este hombre, que ama con pánica fraternidad a esos seres que tanto en ciertos puntos se nos asemejan, preocupó un día la idea de ser un opresor; pensó si no haría mal en mantener en jaulas a los nacidos para la libertad de la floresta, del desierto o de la espesura, «si no era ese un derecho imprescindible, un derecho que la equidad no permite transgredir». Sufría con la duda. El lo dirá de bella manera: «Saber si yo tenía o no razón de guardarlos prisioneros me atormentó por largo tiempo, y estuve profundamente turbado mientras pesaba el pro y el contra de la cuestión. Vi a esos seres indomados en su soledad natal; les vi acurrucarse por la noche en sus retiros ocultos, atisbando una presa; vi las tragedias del matorral; recordé sus frecuentes estragos contra la vida humana, llevados ya por el hambre, ya por el simple deseo. Sobre su terreno original, remonté hasta las fuentes antiguas de los largos anales de esos amigos, encontrados muertos, o moribundos de hambre, de sed, o por una bala tirada por algún cazador apasionado de sport o de lucro. En medio de esas reflexiones pensaba en el elefante, en la cebra, en el caballo, todos libertados del estado salvaje para su bien y el de la Humanidad. Poco a poco llegué a resumir así mi problema: ¿debo devolver a mis pupilos a sus florestas natales y cesar el estímulo de la captura de las fieras? ¿Debo continuar protegiéndolos y manteniéndolos, y de este modo preservándolos a ellos y a sus hermanos más débiles de las desgracias ciertas del desierto?» A la última pregunta el domador se contestó afirmativamente. Él les daba una felicidad relativa. Los nutría, los cuidaba, les evitaba la probable muerte violenta. No les hacía sufrir. Luego, eran útiles, prestaban un servicio a la educación, a la historia natural, y aun, hubiera podido agregar, al arte.