Y Bostock entró plenamente en su heredada carrera.
Ante todo, apartó de sí todo procedimiento cruel. «La bondad es el único azote empleado para hacerse obedecer de las fieras». Sin ella, las fieras «no entienden». La fiera más terrible se dulcifica con la bondad. Hay que inspirar con la bondad confianza. Es probable, dice Bostock, que otras generaciones llevarán más adelante la doma de las fieras, pero estoy contento con lo que yo he logrado. Comprender y hacerse comprender. Esa es su victoria. Tal, más o menos, fué lo que desarrollara en las páginas del McClure's Magazine, hace ya diez años, en un estudio que consagró al beluario, y que éste aprovechó después para su libro profesional, el escritor Samuel Hopkins Adams.
El libro autobiográfico y técnico del admirable norteamericano contiene cosas en extremo interesantes. Su padre, hombre religioso, que profesaba el anglicanismo, quiso dedicar a pastor al niño que jugaba con cachorros. Lo fué, pero su rebaño ruge, huele a selva y come carne cruda. No obstante, el futuro domador cultivó su espíritu. Estudió primero en los Estados Unidos y luego en el Kelvedon College, en el condado inglés de Essex. En una de las visitas que hacía en vacaciones a su padre, volvió a ver los trabajos con las fieras en el circo. Y aconteció que un domador, habiendo tratado mal a un león, no pudo seguir en su ejercicio. Y el joven Bostock solicitó de la benevolencia paternal ser el reemplazante. Negativa. Pero al día siguiente, mientras Mr. Bostock, padre, recorría el circo, encuentra a su hijo metido en la jaula del fiero león. «Hijo mío, le dijo todo asustado; si sales vivo de allí te voy a pegar la paliza mayor que puedas recibir en tu vida». Como el muchacho salió triunfante, la amenaza se volvió cariño y el cariño pasó a consentimiento y el domador fué reemplazado por el audaz joven. «Yo tenía quince años y me llamaban «el niño domador». Comenzó así su peligrosa carrera. El no admite «nada de vulgar en sus espectáculos»; se da en cuerpo y alma a sus tareas, siente la fascinación de su trabajo. Comprende lo que hay en él de fabuloso y de heroico. Sabe que hay que tener juicio fino y presencia de ánimo.
En Birmingham se le huyó un furioso león africano que, perseguido en una alcantarilla, le hizo realizar un trabajo hercúleo y habilidoso para capturarlo. Su historia está llena de cosas impresionables. Varias veces ha estado a la muerte, por la garra o por el colmillo. Llegó a maestro. Muchos discípulos suyos son hoy famosos en los modernos fastos circenses. Habla de su arte, o si gustáis, de su ciencia, con pasión, pero en él impera siempre la serenidad. Conoce los animales de la historia y la historia de los animales. Proclama la modernidad de su arte, pues ninguna fiera fué industriada por los antiguos, a pesar de anécdotas de eruditos. Tiene a orgullo el descender de Georges Wombwell, que inició de los primeros el dressage tal como hoy se comprende. Antes de que la menagerie del abuelo Wombwell se estableciese en Inglaterra, a comienzos del siglo pasado, se habían amaestrado monos y perros, pero nunca leones y tigres. Por la dulzura de un hombre con dos leoncillos enfermos y la amistad continuada pudo ver el público por primera vez juntos al león y al hombre, sin hacerse daño. Así se iniciaron las enseñanzas de hoy. «Un hombre y dos leoncillos», dice Bostock. Eso asombraba hace más de cien años. Hoy vemos entrar a un hombre en la arena «rodeado de veintisiete leones». Y se va más adelante: se ha ido poco a poco. Recuerda a Ellen Bright famosa, que murió por imprudente desgarrada por un tigre; a Herman Weedon, que ha realizado grandes progresos, y a otros tantos, entre los cuales el soberbio capitán Bonavita, Daniel, con látigo y botas. Y la Morelli, circundada de panteras, jaguares y leopardos, todos menos nobles que el real león; la Aurora, de humilde aire efébico, haciendo evolucionar sus osos blancos; Miller, con sus enormes tigres bengaleses; la Pianka, Weedon y el valerosísimo Richard de Kenso. Y luego los secretos para lograr el éxito en la enseñanza de los terribles alumnos. A más de la paciencia y la constancia, saber penetrar en la psicología zoológica. Estudiar los temperamentos y las idiosincrasias y velar por el aseo, la buena nutrición y el ejercicio, pues la pereza hace tan malas a las fieras como a los hombres. Sabed que los leones son enfermizos; que cuando examinan una cosa y no la comprenden, se agitan y rugen; que son delicados como los niños; que una leona preñada es tan nerviosa como una mujer en estado interesante, y que por causa de sus nervios es difícil que sea una buena madre, llegando hasta devorar sus hijos: sabed que hay a veces entre las fieras traiciones y perversos sentimientos. Luchan entre ellos, se muerden, se dan zarpazos. ¡Cuánta atención, pues, habilidad y firmeza para adiestrarlos, para relacionarse con ellos! Los que creen en que se les da opio, bromuro u otras pócimas no saben que eso no puede ser. Pues afirma Bostock, dar drogas a las fieras podría ocasionar pérdidas serias, sin contar con que el efecto final de las drogas disminuiría sensiblemente el valor comercial de los animales. Igualmente, el buen domador no usa jamás de crueldad. No se deteriora una bestia que vale tanto, primeramente. Y luego, el mal trato hace mala a la fiera. Hay que escoger los alimentos. «El único medio de mantener las fieras en buen estado y sin mal olor, es darle carne fresca y de buena calidad. El carnero o el buey recién estazado y a veces una cabeza de cordero, que les gusta mucho, es el alimento que conviene más a los leones y a los tigres». Y hay otros cuantos detalles sobre la comida de esos bien nutridos y considerados prisioneros, como el darles un hueso con cada trozo de carne y el hacerles ayunar un día a la semana. Si hay desgano, pues un aperitivo. Mas no creáis que se les emponzoña con bíters, gencianas, ajenjos o vermutes, sino que se les da un pedazo de hígado; o bien un conejo, un pollo o un pichón. Al oso, poca carne cruda; se le da cocida, y pescado y pan con leche. Y si el oso es polar, sabed que ese gourmet se chupa labios y patas si le brindáis un buen plato de aceite de pescado. «Esto es algo que vale la pena de ser visto», afirma el buen Bostock.
Las grandes serpientes son difíciles de alimentar y hay que emplear con ellas a veces la fuerza. Cuando un elefante está resfriado, hay que regalarle con whisky y cebollas calientes, pues «parece no solamente aceptarlas, sino querer más». Pero esa pagoda viviente es por lo general muy sana, como no se cuele una pneumonía. Duermen sobre el lado izquierdo, replegada la trompa «hacen a intervalos regulares un ruido singular, semejante al de una caldera que deja escapar vapor. No tienen el sueño profundo. No prestan mucha atención a su guardián que les hace ronda toda la noche; pero si algo de insólito se produce, el silbido de su respiración se para: dos lucecitas rojas aparecen en la cabeza de cada elefante; y todos se despiertan y se ponen en guardia. A la primera señal de peligro trompetean sonoramente y lanzan la alarma cuando ningún otro sér vivo, salvo ellos, sospecha nada de anormal». Aquí sí que el vigía está en la torre.
Bostock enseña las características de cada animal. «Los leones no tienen afecto; se acostumbran a su domador y lo toleran; pero su obediencia y su docilidad son debidas en parte, sino enteramente, a su ignorancia y a su terror por todo lo que no comprenden». Es lo que a los humanos aconteció con los elementos y con las potencias desconocidas que causaron la idea de los dioses.
Mas en el animal hay también misterio, y hay que recordar la opinión de los que juzgan que la inteligencia de ellos no difiere de la de los hombres sino por la calidad. Buffon nos ha enseñado su abecedario; Welss nos ha iniciado en su teología... Bostock nos dice: «No es el ojo—aunque en él se contengan resolución, prudencia y paciencia—, es «el espíritu» el que domina a un tiempo mismo una veintena y aun mayor número de animales».