Y es que en este norteamericano que contiene a Sansón y a Androcles, se encierra un buen lastre de la mejor filosofía.
París y Eduardo VII.
París lamenta la desaparición de su rey Eduardo, de su antiguo príncipe de Gales. La Prensa, que siempre tiene sus desentonos, ha estado ahora unánime al hacer el elogio del difunto monarca de Inglaterra. No pasó así con Leopoldo de Bélgica, que también creía haber ganado su ciudadanía parisiense. Es verdad que había su diferencia entre el rey gentlemen y el rey bolsista y negociante. Hasta en la misma vida galante hay una y otra manière. Además, el britano procuró siempre hacerse simpático a Lutecia. Y una de sus frases íntimas, es la que dijo el alcalde de Biarritz: «Dicen que todo hombre tiene dos patrias: la suya y la Francia. Es posible. Lo que sí es seguro es que todo hombre tiene dos placeres: primero vivir en su patria y luego vivir en Francia». Así, París ha sentido tanto como Londres la muerte del soberano; el príncipe no podría nunca olvidar y dejar de ver con cariño al país que le fuera tan grato: a la ciudad de sus expansiones juveniles y en donde su elegancia y su gentileza tuvieron más influjo que Su Majestad. Así, de París, él gustaba sobre todo, y como hombre de fino gusto, de los parisienses. El normando, como decía Paul Adam, se complacía con la vivacidad y la alegría de las lutecianas. Como después, y ya un poco tarde, su sobrino de Alemania; apreciaba la gracia singular de una Jeanne Gravier, y el sutil talento de una Réjane. Cómicas y cómicos de renombre conservaron regalos suyos. El broche de Réjane y el bastón de M. Fébre son famosos entre bastidores. Su persona era familiar a los habitantes de París. «Ahora mismo, dice un parisiense, nos parece a todos que sobre el andén de una de nuestras estaciones, o sobre la acera de una de nuestras avenidas, vamos a ver aparecer esa curiosa fisonomía, la más curiosa tal vez que hayan producido las líneas soberanas: ese paso que era sonoro, pero que no hizo nunca temblar el suelo; esa oreja que era pequeña, pero anchamente abierta a los mil ruidos de los cuatro puntos del globo; ese ojo azul, muy dulce y sonriente, que bajo la pestaña perspicaz parecía detenerse siempre sobre los objetos más inmediatamente cercanos, pero que en el fondo buscaba, sobre todo, mirar lejos, más allá del horizonte visible; ese cuerpo que parecía tener la robustez de un gigante y que no había dejado la gracilidad de un niño; esa mano que parecía tener la fuerza de deshacerlo todo y que se contentaba con tener la fuerza de estrechar; esa sonrisa, muy bondadosa y muy indulgente, que los labios dejaban pasar, plegándose con un poco de amargura...» El retrato es justo, bien hecho y demuestra el cariño. El pesar parisiense no es ficticio. En los balcones de algunas calles se ven banderas de duelo, como en Londres. Y la rue de la Paix tiene crespones y cintas negras por el rey de las elegancias masculinas y el estimulador de las elegancias femeninas. Es para él, dice alguien, que nosotros hubiéramos querido inventar la tradicional expresión: Su graciosa majestad. Se habla de su afabilidad, que no menoscabó nunca su real distinción. El príncipe anecdótico interesa más a París que el rey político. Árbitro de la ténue, se enumeran sus prendas indumentarias, sus sastres, sus proveedores. Se le celebra como gourmet, como sportsman, como gentleman generoso. Un escritor que recordara sus antiguas horas alegres, no deja de apoyar que «a los que le han conocido cuando era príncipe de Gales hacía pensar en el nombre de otro príncipe de su país, el famoso Enrique IV de Shakespeare, compañero de Falstaff», y que «la juventud de Eduardo, como la de Enrique, estaba tan consagrada a los placeres, que, así como con Enrique, se dudaba mucho que llegase a revestir la majestad real, pero que tanto para uno como para otro los temores fueron injustificados, y ambos, una vez soberanos, se pusieron a reinar como si no hubiesen hecho otra cosa durante toda su vida». Los que recuerden las escenas finales de la pieza shakespeareana tendrán presente cómo a Falstaff le da una enérgica lección Enrique IV. Y se cuenta que, con gentileza de forma y gentileza de potentado, dió otra lección Eduardo VII a una actriz francesa que, estando en Londres, no supo comprender en cierta ocasión que el príncipe de Gales había desaparecido ante el rey de la Gran Bretaña, y emperador de la India.
En una casa parisiense admiro la iconografía casi completa del lamentado soberano. Dibujo que representa al niño recién nacido, cuya masculinidad alegró al viejo Wellington.
—«¡Un barón!—exclamó éste,—¡Un príncipe!—respondió escamada la nodriza míster Broug». El pequeño duque de Cornouailles, con su cofia fina, bebé, bebé jumeau, en compañía de la princesita Victoria. El niño, más crecido, trajeado de claro, con sus anchos pantalones y su blusita ceñida con cordón a borlas; de la mano de su madre, que tiene tan lindos brazos y tan lindo escote, a ambos lados del rostro blanco y bello, los cabellos lisos y oscuros que caen hasta los hombros. La litografía en que está con las princesas niñas Alicia y Victoria—y una muñeca—; y otra en que se ejercita en el rowing en el lago del castillo de Windsor, ante el príncipe Alberto, de su madre y hermanitos. Un marinerito de keepsake, cabellera rizada, bello como un amor; luego, jugando con otros niños, en el parque del castillo, mientras sus padres están en una ventana. Luego otro retrato infantil en un paisaje de Escocia y otro con toda la familia real, en un salón palaciego.
Ha crecido algo más, y hele aquí en unión del duque de Coburgo. Tiene ya ocho años; viste el traje escocés que le deja las rodillas desnudas. Después, del brazo con su hermana Victoria, como jugando a marido y mujer, él con el casaquín desabotonado de cintura abajo, la gorra de visera acharolada, ella con la falda acampanada y a vuelos, y el sombrero de alas anchas algo echado atrás. Ya veremos cuando le apunta el bozo al príncipe de levita, capa y la especial gorra universitaria, no sin antes admirarle adolescente en un dibujo de Richmond. Así cuando la boda de la princesa real, en el 58, entre los generales y los lores, los príncipes y las princesas. Un retrato le representa con el uniforme de los guardias. Y luego, ya la barba aparecida, está inclinado, de rodillas, bajo la capa de la ceremonia de caballero de San Patricio.
Y la dueña de casa me le hace ver en otros cuadros, planchas y grabados más, que sirviera para documentar gráficamente un libro sobre el monarca íntimo. Ya está en la India, cuando su célebre viaje, en la caza del tigre, sobre el lomo de un elefante, en una escena de tour de monde, ya acogiendo afectuoso a los tributarios maradjahs; y prosiguiendo su jira de conmisvoyageur de lealismo, martillando el último remache en el puente Victoria sobre el San Lorenzo canadiense.
Un grupo del año 62. Las damas visten unos trajes que hoy parecen imposibles. La crinolina forma su embudo; los tocados son sencillos; la moda poco exigente. Del lado de los hombres el futuro árbitro de las elegancias no se distingue mayormente; en cambio, en la cabeza del duque de Edimburgo está pintado un sombrero de copa claro que ha de renovarse de manera triunfante, más tarde, en la cabeza del príncipe de Gales. De ese mismo año hay un retrato del príncipe imberbe, sentado cerca de un jarrón, con un junco en la mano. Ya se nota la preocupación del vestir bien; son los comienzos del arbiter. Un año después se inician unas vagas patillas; así está, con su uniforme de brandeburgos y su gorra de pelo con plumero blanco. Es el tiempo del enamoramiento y del matrimonio. La bella princesa de Dinamarca en la corte viste a la sazón como una dama de Winterhalter. Hay un grabado del día mismo del matrimonio, en que la reina Victoria y los recién casados parecen, junto a un busto del príncipe Alberto, unos buenos burgueses de Francia.
En un retrato de 1873, en compañía de su hermana Alicia, el príncipe está ya barbado. Viste de americana, no por cierto famosa, y tiene en la diestra el cigarrillo, que ha de ser sustituído después por los célebres habanos a diez francos cada uno. Por el mismo tiempo está retratado en Balmoral con la real familia; y no tiene, a la verdad, del inglés convencional más que el traje a grandes cuadros y la gorrita escocesa. En esa época le pintó Angeli, de uniforme y con aire marcial. Hay una figura del 76; está hermoso y grave. Y la serie iconográfica continúa: con su bulldog favorito; llevando de las riendas a Pergiminon el día de la victoria en el gran Derby de Epsom, entre las explosiones de entusiasmo de miles de sportsmen; en un concurso de tennis en Homberg; de chaquet, en Marborough-House; con gabán, saliendo de la capilla; de zapatos ferrados y polainas en sus cacerías de ciervos de Balmoral; de gran uniforme, junto con su hermano el duque de Connaught, entre la muchedumbre, en el pesage; de hongo, en un box, en una venta de caballos; con collar y mandil, como gran dignatario masón, y con el traje de gran maestre de San Juan de Jerusalén.