Aquí lleva de la mano a la reina en la ceremonia de la apertura del Parlamento, pendiente de sus hombros el gran manto real, cuya cola sostienen pajes arcaicos. O está sentado en el trono, rodeado de túnicas, espadas, varas y pelucas; o en el instante de firmar el juramento que afirma la seguridad de la iglesia escocesa; o presidiendo, entre muchas calvas y pocos toisones, un consejo de gabinete; o junto a su mesa de labor, con el habano encendido; en carruaje de gala, en automóvil, a pie, príncipe, monarca, turista, bulevardero, en apoteosis y en caricatura, así conoce París, tanto como Londres, la figura indiscutiblemente simpática de quien fué llamado el rey de los gentlemen y el gentlemen de los reyes.

Aun no se han verificado los funerales y ya la municipalidad parisiense resolvió dar su nombre a una calle, y como la calle elegida no correspondiese a la magnitud de la intención, los vecinos de la calle Royal han pedido que sea esa la favorecida con el nombre de Eduardo VII. Ello estará bien, por ser royale y por ser de elegancias y lujos. Los risueños agregan que en ella está el establecimiento de Maxim's.

Un parisiense de distinción, que fué amigo íntimo del rey Eduardo, contaba días pasados que muchas de las leyendas que circulan no están completamente conformes con la verdad. Y hace un buen «croquis» del egregio difunto. «No era ni familiar ni estirado. Tenía para todos una palabra precisa, una frase que no se podía olvidar; y, dígase lo que se diga, del rey de Inglaterra quedó siempre la verdadera; era el príncipe de Gales: un gran señor sin finchamientos, sin fanfarronería, pero también sin ninguna condescendencia con los importunos y con los aduladores. Permitía gustoso que, a pesar del protocolo, se le dirigiese la palabra sin ser interrogado su interlocutor; pero si se trataba de una adulación, de una flagornerie, cortaba la conversación con una impertinencia altiva». Y estas palabras significativas: «Tenía igual medida en sus afectos deportivos que en sus afectos artísticos, que en su gusto por los placeres, que tanto le fué reprochado; y que no eran en él más que la expansión generosa, ardiente, comprimida por la flema británica y la noción exacta de su grandeza». Así habla alguien, que como he dicho, fué su amigo íntimo y su antiguo compañero de vida parisiense. Así habría hablado Gallifet, si hubiera vivido hasta ahora. Sayán su émulo y otros que ya no existen. Le lloran otros amigos, entre ellos el pintor Detaille, que deja a medio concluir su último retrato.

Y las anécdotas abundan, todas, sí algunas picantes, cariñosas. Ninguna más gráfica, aunque seguramente falsa, a pesar de ser ben trovata, que ésta de que he hablado en otra ocasión. En la función de gala que se dió en la Comedie Française en honor del nuevo Rey de Inglaterra, se encontraban en el palco presidencial el rey Eduardo y M. Loubet. La bella Otero, que había logrado un asiento de platea, gracias a un amigo senador, pues la fiesta era de invitación, fué con buenas maneras instada por la policía para dejar su fauteuil. Como se oyese un vago rumor—¿qué pasa?—dijo el presidente.—Y al explicársele lo acontecido, al mismo tiempo que el honesto Loubet preguntaba:—Qui est cette demoiselle? el antiguo príncipe de Gales exclamaba por lo bajo:—Pauvre Caroline! Estas son las sonrisas de París.

Un libro sobre Chile.

Chile en 1908, por Eduardo Poirier, es un libro recién aparecido, lleno de datos y de juicios, que llamará la atención sobre ese país importante. El efecto será naturalmente mayor si a la edición castellana se uniesen otras inglesa y francesa que, según tengo entendido, se preparan. En Europa, escribe J. H. Webster, citado por Poirier, en su obra The American Republics, los numerosos libros que circulan sobre las fantásticas maravillas de las naciones latinas de América, son libros que desprecia todo el mundo, comenzando por los que escriben y los reparten. Míster Webster exagera. En Europa nadie puede despreciar esos libros, porque nadie los lee y nadie los reparte. Hay, en efecto, una verdadera bibliografía a nuestro respecto en la sección de viajes de estas librerías. Generalmente se encuentran esos volúmenes entre los libros de étrennes, muy bonitos, con muchos grabados, que se regalan a los muchachos. Son libros caros. Sus autores son por lo común exploradores y geógrafos, colaboradores de Le tour du monde, o turistas ocasionales, hombres o mujeres, que han llevado su cuaderno de apuntes y que no han podido después resistir a la tentación de la publicidad. Hay también los enviados de los periódicos, entre los cuales enviados se encuentran de la clase de los terribles. Ejemplo, Th. Childe, Barzini. Todos esos libros tienen un público limitado. Así, los conocimientos del gran público respecto a esos países tienen por base, cuando más, lo que el buen Julio Verne describió o dijo de ellos en señaladas novelas de su colección. Ningún nombre glorioso, o siquier famoso, ha escrito jamás un volumen sobre la América latina, fuera de las páginas científicas a ella consagradas por un Darwin, o un Humboldt. Loti, que ha recorrido casi todo el mundo, no ha puesto nunca entre nosotros sus escenarios. Y vale más. Lo único de valor que un europeo de nombre universal haya alguna vez publicado sobre una nación hispanoamericana, es la conferencia de Anatole France sobre la República Argentina.

Si Ferrero escribe el libro que se ha anunciado, será cosa excelente, aunque insista en su romanismo comparado. Y si el señor Blasco Ibáñez se dedica a la obra argentina de que se ha hablado, será también plausible, porque su nombre es muy conocido y representa hoy a España en la librería mundial.

Sobre Chile se hallan en Europa algunas monografías, de publicación oficial, llenas de datos interesantes y obras como la Histoire d'un grand peuple, del venezolano señor Arestigueta Montero, que es vendida en París por su mismo autor. Libro corriente, libro que circule, libro autorizado, no conozco ninguno. Por eso la propagación del señor Poirier, en buenas condiciones no podrá sino ser utilísima para su patria.