El batallador Georges Clemenceau, que lleva ahora los ardores de su verbo de viejo luchador por la capital argentina, no le presenta más rasgo típico que la brutalidad: brutalidad en el acento, brutalidad en el rostro. «Nada más que brutal—dice—, y del hombre político y del hombre privado, este rasgo decisivo da la medida, sin razonamientos ni pruebas complementarias.»

Más benévola con el veterano Rochefort—que entonces no lo era tanto, naturalmente—dice de él, al encontrarlo a fines de 1895 de regreso de Londres: «No ha envejecido ni cambiado, si no es por su raro mechón de clown, más blanco, más prominente y más frondoso que nunca.» Y expresa toda la admiración que siente por el encanto de la conversación bulevardera de este gran parlante que con el inapreciable Aurélien Scholl, tiene el don de hacer esprit de todas las pequeñas ocurrencias de París y reunir a la más bella ironía una bonhomie sonriente, camaradería difícil.

Y también hay en las hojas del diario recuerdos de artistas, pintores afamados, literatos extranjeros, músicos de reputación universal pasan, dejando en nuestro ánimo la visión rápida de una cinta cinematográfica que revolviera el tiempo en que Mme. Daudet escribió sus recuerdos.

A más del ruso Turgueneff, a quien no perdona la autora su póstuma crítica de las reuniones de su marido, a las que asistiera aquél como amigo de la casa, desfilan ante el lector las mil y mil figuras de relieve en aquella época. Zola, hosco, replegado en sí mismo, con su cohorte de discípulos mediocres y exclusivos. El gran pintor Munkaczy, «de figura característica, salvaje y buena, cuya esposa hace los honores realmente vestida como para un cuadro del maestro». Pasa Lizst, que viene a París a escuchar de nuevo los aplausos parisinos, que dice Mme. Daudet, no deben ya parecerle los mismos que antaño cuando su seducción proverbial hizo tantas víctimas.

Y pasan aún Leconte de Lisle y Flaubert. «Hay tanta grandeza en uno como en otro». Y Heredia el gran conquistador de la poesía francesa; y Maurice Barrés; y Prévost, que llegó no ha mucho a sentarse en la Academia, y el intenso Huysmans, y Mirbeau y Toudoure y cien más. Cuanto brillaba entonces en el mundo político, cuanto la intelectualidad contaba en los años que han corrido sobre el diario evocador, el sutil espíritu de la esposa del excelente Alfonso Daudet lo reflejó con la frase precisa en este libro amable que distrae e interesa con sus llamamientos al pasado.

Y de entre sus recuerdos de amigos extranjeros, hay aquí citas de algunos nombres que no nos son ajenos. A continuación de los ingleses Child y Georges Moore, viene el italiano Vittorio Pica. Algunas excepciones femeninas: «Mme. Pardo-Bazán», inteligente y exuberante entre ellas...

Y así corren los años. Comienza el diario el 21 de mayo de 1880 y termina en 1898. El libro de recuerdos que comienza evocando uno tierno y triste, termina con la lamentación de un alma herida. Madame Daudet no tiene ya a su lado al compañero de su existencia. Sus días de felicidad no pasan ya. Alfonso Daudet ha muerto. Los recuerdos de la vida del artista, que era la vida de su esposa, no van ya a dejar en las páginas de un libro la huella de las impresiones que en el ánimo de su autora produjeron.

Y la viuda, veneradora de la memoria del marido, del «asociado», escribe estas palabras que quizá más que el deseo y la expresión de la devoción de un alma amante, son una profecía sobre el revivir de la obra del artista cordial, estos últimos años olvidado:

«Todo lo que el hombre produce, libro, cuadro, una obra cualquiera material o genial, vive más que él: efímero, crea lo duradero».