La autora expresa, al pasar, su opinión sobre la conveniencia de la lectura de las obras en preparación a un pequeño círculo de hombres de letras. Así conoció ella la pieza de teatro sacada de Renée Mauperin, por Henry Céard, y puesta en escena en el Odeón de París, por el director Porel, artista al propio tiempo.

Y la escritora evoca en su recuerdo la lectura de la Fille Elisa a que ella asistió. Tienen sus palabras el grato perfume desvanecido de las horas dichosas que pasaron.

«Nos vemos en la casa de Auteuil una tarde de junio, en el gabinete de trabajo bien cerrado y discreto, la pieza de al lado abierta sobre los rododendros en flor, a M. de Goncourt leyendo con su voz corta, emocionada, cayendo al final de las frases que en sus más bellas páginas guardan, para mí, en la relectura, la entonación primitiva.

»La lectura terminada, descendíamos al jardín, volvíamos a ver el pequeño surtidor, coronado por un delfín de Saxe en piedras, avanzando su garganta abierta por encima de las idas y venidas de los peces rojos vigilados por la gata familiar; encontrábamos de nuevo esta plaquita en tierra cocida, con efigies infantiles, entre los árboles verdes, y la cigüeña de la entrada, de largo cuello enhiesto, con el plumaje tan ligeramente grabado en el bronce. Por testamento y delicado recuerdo del amigo desaparecido, estos dos últimos objetos se encuentran ahora en mi poder, adornando, in memoriam, mi jardín y mis paseos. Y estas manifestaciones de arte, muy distintas entre el césped y las flores, engrandeciendo el reducido espacio, hacían aspirar allí ese gusto de rareza, de vestigios exóticos o antiguos, cuya elocuencia saboreaba también Edmond de Goncourt. ¡Deliciosa jornada, que siempre ha corregido para mí el navrementt del libro!»

Dos meses después de esta agradable reunión, que con deleite anotaba la autora, el 11 de junio, consagra las páginas de su diario a recordar la muerte de uno de los dos hermanos bien queridos por Daudet. Julio, herido en la razón antes, sucumbe al fin después de un lamentable año cuyas amarguras se adivinan a través de la cariñosa y doliente discreción del buen Edmundo de Goncourt.

Y en este punto están reproducidas en el diario de recuerdos dos cartas interesantísimas de Edmundo a Flaubert y al marido de la escritora. La primera es de días después de agravarse la enfermedad de Julio. En ellas hace el hermano enfermero a Flaubert confidencias de su desesperación ante la desgracia del compañero, del amigo perdido para la vida intelectual al entrar en la madurez del talento. La segunda es para encargar a Alfonso Daudet que reserve sin dar a conocer la anterior hasta la muerte suya.

Ambas muestran el entrañable compañerismo de los hermanos Goncourt y Mme. Daudet; al reproducirlas, consagra un pequeño y tierno homenaje a «esta colaboración fraternal única en las letras».

De las más interesantes anotaciones que contiene el libro son los juicios que a la autora merecen los grandes políticos que encontró en los salones políticos-literarios del tiempo. Pasan rápidamente por los rincones de esta agenda de una dama artista los célebres oradores del imperio, los famosos jefes de partido. En la mezclada sociedad de artistas y políticos, madame Daudet encuentra a Gambetta en un salón, rodeado, acorralado por los hombres que, olvidando a las damas presentes, escuchan, «literalmente de rodillas» ante su sillón, al gran tribuno. «Plácido, rosado, de cabellos grises pegados en las sienes, tendiendo a la obesidad pálida de un Napoleón I y de su misma nacionalidad, pero de ambición menos amplia, parece a punto para la derrota».

En las reuniones de la princesa Matilde no faltan ocasiones de codear a todo el mundo político, que allí, a su vez, codea al mundo literario en un terreno neutral. Y no faltan a la escritora comentarios, cuando no acres, teñidos de un vago y tenue desdén para los estadistas más o menos en auge a la sazón.