Luego, los recuerdos se van anotando en forma de diario. No en vano su intimidad fué tan grande con los hermanos Goncourt. Pero antes, pinta gráficamente figuras como la de Catulle Mendes, y dedica al dios Hugo, entre admiración y admiración, algunas acres observaciones. Ya sabemos que esos son asuntos de familia. Con Zola no hay mucho afecto. En cambio, éste es vivo y agradecido con M. y Mme. Georges Charpentier. En todo el libro, naturalmente, por afecto casi familiar y por razones intelectuales el nombre que se diría siempre adornado por un bouquet de rosas, es el de los Goncourt.
No deja de hacer advertir, como su marido al final de sus Trente ans de Paris, la literaria ingratitud de Tourgueneff, a quien Flaubert llamara el bon moskove. Y he aquí a Huysmans, Céard, Edouard Drumont, Anatole France, Bourget en sus primeras obras. En el fondo de su Nohant la vieja George Sand escribe una carta de felicitación a Daudet por su Jack. Hay una descripción del salón de la princesa Matilde, con sus diplomáticos y literatos, y de las reuniones en casa de Mme. Adam, tan llenas de hombres políticos y de hombres de letras. El verdadero diario empieza, por fin, con la fecha 21 de mayo de 1880.
Y la página escrita ese día relata una visita a la casa de Auteuil en que moraba Edmond de Goncourt, «el único hombre de letras que yo conozca en un hogar digno de él», dice la autora.
El hotel es elegante. Un lujo refinado y exótico armoniza las preferencias del espíritu de un sedentario, con las raras filigranas del arte japonés. En la biblioteca los libros tapizan los muros, y en una parte de ella se encuentran las obras de los dos hermanos en especiales encuadernaciones. La Manette Salomon en un esmalte de Popelín; yo no sé cuál otra de sus novelas con un dibujo de Gavarni que será después su ex libris: les deux doigts de la main.
Madame Daudet pide ver la habitación descrita en La maison d'un artiste au dix-huitième siècle. Y al acompañar a la visitante, Goncourt hace observar:
—Faltan aún diez mil francos de cortinajes en el lecho y en los balcones para que esto esté completo.
La autora llega, en fin, al gabinete japonés en que, guardadas en vitrinas, están las exóticas maravillas que forman la colección de Edmond de Goncourt. Este las hace examinar a Mme. Daudet y ella nos refiere que «si una mano de mujer se tiende hacia el delicado objeto para apreciar mejor su rareza, su ligereza, es preciso ver el aire inquieto del gran escritor, atenuado por su extrema cortesía, y el leve estremecimiento con que vuelve a su sitio el bello plato transparente y frágil o el estuche de nácar historiado como un encaje».
Sigo con complacencia el relato de la visita a Edmon de Goncourt. Flotan sobre el decir de la mujer artista y curiosa todo el afecto y la cariñosa admiración que la viuda de Alfonso Daudet profesó a los hermanos Goncourt. «Desde el día en que lo conocí—esto data de 1874—mi admiración ha crecido, se ha afirmado; y con los hombres célebres la inversa se produce casi siempre».
A lo largo se suceden recuerdos de reuniones, fiestas, banquetes a que, acompañando a su esposo, asistió la autora de este libro cordial y evocador. Casi en el mismo mes anota el diario que recorro, soirées en el taller del primer Nittis; en el palacio de la princesa Matilde, «la alteza aún imponente y bella»; en casa de la interesante Mme. Juliette Adam. Esta última, una escena de artistas. Se sientan a la mesa el gran duque Constantino de Rusia, el conde de Beust, después Carolus Durán, Dumas hijo, Dérouléde, Tourgueneff, Munkcaczy y Alfonso Daudet. Y solas dos mujeres: Mme. Daudet y la dueña de la casa.
Después de un claro de fiestas bastante grande, en abril de 1882, encuéntrase una bella descripción de la reunión que se congregó con objeto de escuchar la lectura del arreglo para el teatro de Los reyes en el destierro. Eran los autores P. Delair y C. Coquelin. Y el areópago lo formaban Gambetta, Henry Céard, el doctor Charcot; Banville, Burti, Goncourt, Edouard Drumont y los esposos Charpentier.