Durante mucho tiempo ha sido el modelo gubernamental para las repúblicas hispanoamericanas y su buen sentido ha sido señalado como un ejemplo y una norma. Ha tenido siempre envidiable renombre en sus asuntos económicos, y en la formación del tipo propio no en balde ha querido imitar a los hijos de la Gran Bretaña. Además, el chileno ama la expansión de la vida y el gozo de vivir, aunque parezca en veces seco o brusco. Así, bien puede decir con razón un observador como W. H. Koebel: «The chilean of the educated classes bears a marked resemblance to the Englishman both in outward appearance and habits. A young naval cadet at Valparaiso might have stepped straight from out of the doors at Osborne. A similar Anglicised appearance prevails throughout in the world of commerce, officialdom, and sport. Amongst others, hospitality and a marked «joie de vivre» are their attributes». Durante tres años que pasé en las ciudades de Valparaíso y Santiago, hace ya más de veinte, pude comprobar tales aserciones.
Los datos sobre el movimiento intelectual dan idea de una copiosa producción. Se encuentra larga lista de escritores y poetas, hechos a la manera de aquel incansable obrero de la publicidad chilena, tan lleno de buenas intenciones, que fué el finado don Pedro Pablo Figueroa. Quizá hubiera sido de desear un estudio sobre las tendencias del pensamiento nacional y un cuadro expositivo de la evolución literaria en ese centro de pensadores estrictos, de hábiles constitucionalistas, de eminentes jurisconsultos y filólogos. Y mostrar cómo allí en donde el ilustre venezolano don Andrés Bello dejó como herencia imperecedera el Código y la Gramática, hay también una juventud que ama la Belleza y siente el Arte y que saluda con respeto la figura de mármol de aquel antecesor, aun siguiendo los rumbos que el espíritu de su época le ha señalado.
Mucho más hay que alabar en la obra del señor Poirier. Su prosa es clara, amena, distinguida. Se ha librado de los excesos líricos que en trabajos semejantes se encuentran en otros países hispanoamericanos. De este modo él ha llenado su objeto de escribir para «hombres de estudio y de ciencia, para quienes ninguna utilidad ni prestigio revestiría una de esas adocenadas y calidoscópicas exhibiciones de maravillas en que se pinta a estos países nuevos de la América, no como ellos son, sino como los quisiera el optimismo interesado, cuando no la quimera patriótica de sus autores». Libro útil, lectura provechosa para su tierra, labor de propaganda merecedora de estímulo, eso es lo que ha realizado el señor Poirier. Ya había él, de otras maneras, hecho lo mismo en Chile para bien de otros estados hispanoamericanos.
Dícenme que un miembro del cuerpo diplomático fué separado de su puesto en París por el Gobierno chileno por publicar un libro que él creía excelente y que no hacía sino poner a su país en ridículo. En este caso el Gobierno debía hacer todo lo contrario.
Las memorias de la señora Daudet.
Hay un escritor a quien injustamente los excesivos del intelectualismo han querido poner à coté, en estos últimos años; quiero hablar de Alfonso Daudet. Este era un artista cordial, un sensitivo, con el don del humor y de la claridad. Mucho de su obra, hoy poco atendida, revivirá más tarde.
Ahora viene a mi mente lo que de él leyera antaño, al acabar de acompañar a Mme. Daudet en sus Recuerdos, recientemente publicados. Ellos forman un volumen que generalmente interesa y en muchas de sus partes conmueve. Vemos desfilar unas cuantas figuras de las letras francesas, cuyos nombres son famosos y cuya obra no es conocida. Y ellas pertenecen no solamente al grupo literario que frecuenta el «diván» de los Goncourt y visitara la casa de Daudet, sino a una generación anterior, pues la autora se complace en rememorar a tales o cuales personajes de letras que conociera desde sus primeros años, cuando sintiera su inicial impulso hacia la literatura, teniendo, como tenía, padre y madre poetas.
Conoció a Mme. Desbordes-Valmore, al grupo provenzal de los felibres, amigos de su marido Mistral, Aubanel, Roumanille, Anselme Mathieu, Félix Gras, Paul Arène. Recién casada en su morada del hotel Lamoignon, en el Marais, vió desfilar a Sarcey, Ranc, Mittchel, Dusolier—nombres que fuera del «tío», no dicen nada en la actualidad. Y llegaba allí también Barbey, el condestable de las letras, como Edmond de Goncourt fué más tarde el mariscal. De Barbey traza en estas páginas un pintoresco retrato, y publica una carta suya inédita. Habla con simpatía de Cladel, presque génial celui-là, de Paul Feval, de Flaubert. De algunos de ellos reproduce cartas interesantes, sobre todo de Mme. Desbordes-Valmore.