—Es verdad—ha dicho—que este año en nuestro salón hay un cuadro de un burro. Pero en los salones oficiales hay cuadros, no de uno, sino de mil burros.

Y como es quien ha reído el último, es quien ha reído mejor. Y un humorista ha puesto en boca del cuadrúpedo reflexiones como éstas:—«Puedo rebuznar; ahora he conocido la gloria... He gustado de las vanidades humanas y he encontrado que tienen menos sabor que los cardos...»

«Cuando París supo por las gacetas que el jefe de la escuela Excesivista pacía hierba sobre la butte Montmartre, las muchedumbres subieron en filas apretadas. Las gentes venían por centenares a admirarme. Los unos acariciaban mi flaco espinazo, los otros me ofrecían golosinas, muchos, en fin, discutían sobre pintura por la primera vez, no habiéndose ocupado nunca de pintura, almas simples, hasta que un pollino se puso a pintar con la cola. Desde luego, gracias a mi cuadro, el Salón de los Independientes, triste amontonamiento, ha conocido este año la boga y ganado admirables entradas, que no me agradece. Lo que me ha complacido sobre todo es que se han escrito al respecto cosas muy divertidas. No hay una sola gaceta, desde Le Figaro hasta L´Avenir du Sénégal y Le Moniteur des Îles Fidji, que no hayan filosofado sobre mi caso. Todo el mundo ha reído, me dicen, menos cierto periodista de un diario, quien, no habiendo comprendido, expresó palabras severas. Esto no me disgustó, pues es bueno en una fiesta contar con un hombre furioso, pues su cólera intempestiva aumenta la hilaridad de los otros. Cierto crítico ha querido compararse con Homero, cosa que me ha complacido. Otro crítico ha escrito que prefiere mi pintura a la de Turnes, cosa que me ha sorprendido. Ya sé ahora en qué consiste la pintura para muchas gentes: consiste en colocar en un cuadro, de preferencia dorado, una tela untada de colores variados. Siempre se encuentra un público que admire. Los embadurnadores que llenan el Salón des Indépendants y ahogan con sus producciones, que se podrían atribuir a geómetras dementes, las obras notables con que justamente se enorgullece esta exposición, han hecho mal en enojarse. No había entre ellos sino un asno más». Y agrega el humorista, que habiendo empezado a andar el jumento, le preguntó:

—¿A dónde vas, Boronali?

—«Voy a juntarme en la historia gloriosa de los hombres, con el caballo negro de Boulanger».

Hubiera podido agregar que con la burra de Balaam, con su colega de Turmeda, con el asno de Kant, con el de Víctor Hugo. Y, para no ir tan lejos, a la Porte-Saint-Martin, a hacer figura entre los animales de Chantecler.

A propósito de Mme. de Segur.

Acompaño al caballero que lleva a respirar el aire sano de mi predilecto jardín del Luxemburgo, a sus dos hijos, lindos como flores, un niño y una niña, ambos de cabellos castaños y oscuros, y ojos tan grandes, dulces y brillantes, que agregan alegría al día.

Pasamos cerca del monumento hace poco inaugurado, en memoria y honor de la señora de Segur, nacida Rostopchine, a la que tanto debe la imaginación y la complacencia de varias generaciones de niños.