—Ya no se leen esos cuentos, casi—dijo mi amigo.
Le contesté que si no leen tanto como antaño, la culpa es de los padres, que han sustituído a los amables personajes de los cuentos viejos con los héroes de aventuras policiales de Conan Doyle y otros Lupines de París. Los niños saben ahora de cotillones, de partidas de bridge, de aeroplanos, y se interesan en los puñetazos yanquis del negro Johnson y del blanco Jeffries.
—No los míos—me contestó mi amigo—. Sin que yo les deje de dar una instrucción que les mantenga al tanto de los adelantos de su tiempo, ellos conocen bien su Perrault, sus Mil y una noches, su madame Leprince de Beaumont. Y las historias tan sabrosas y honestas de esta señora, cuyo busto acabamos de ver en ese rincón apacible rodeado de verdores. Ahora que estudian inglés, quisiera yo encontrar un libro de cuentos como aquéllos.
—Los hay—le dije—y preciosos y sabrosos. Cómpreles usted esos admirables álbumes que ilustraron artistas ingeniosos y aun geniales, que pusieron sus almas en contacto con las almas infantiles y supieron interpretar gráficamente las creaciones de los soñadores. Los ingleses han ofrecido a sus niños las prosas y los versos sencillos y graciosos, con las imágenes que son el encanto de los ojos. Cómpreles usted The Three Jovial Huntsmen, con las figuras ligeras y humorísticas de Caldecott y verá cómo se perfeccionan en su inglés sonriendo. Cómpreles The baby's opera o The baby's own Aesop, en los que Wálter Crane ha fabulizado con el lápiz. Verán las cosas de Esopo armoniosas y claras. Así, como cuando las ranas piden rey:
The frogs prayed to Jove for a king,
Not a log, but a livelier thing.
Jove sent them a Stork
Who did royal work
For he gobbled them up did their king.
Y allí está la cigüeña coronada tragando ranitas, a orillas del charco. Pero, si quieren ver a las ranitas alegres y danzantes, entonces,