Nous n'irons plus au bois,

les lauriers sont coupés!

Ahora Salvador, homérida, pindárida, va en viaje «íntimo, pacífico, de delectación espiritual purísima», a Canarias y a Cuba. Ambas son islas de armonía y recibirán como se merece al fecundo poeta español. Las colonias, además son muy gentiles. Rueda realiza el milagro de querer ser y ser, en nuestro tiempo, poeta, nada más que poeta, y cuenta para afirmar su volición con todo lo que le dió, como él dice, la Gran Madre, la Naturaleza, y con el sol de su Andalucía que lleva adentro.

Ahora viaja también por la América tropical otro poeta, también andaluz, el señor Cavestany. El señor Cavestany ha recitado sus poesías en Méjico y en la Habana y se le ha festejado brillantemente. Tiene sobre Rueda la ventaja de ser rico y de ser académico. Pero en Rueda hay mayor cantidad de poesía, y vaya lo uno por lo otro. Rueda es el consagrado de la Lira, el hombre que tiene confianza en el alma de las cosas; que es una voz, un órgano de la Naturaleza. Yo no le encuentro en la Península parangón sino en Zorrilla. Vive en su nube de oro sonoro—de oro irreal. No es, pues, actual, ni adaptado.

Homero y Píndaro es posible que anden hoy por el mundo. Sólo que, por obra del tiempo mismo, cambian en sus manifestaciones y obran conforme con las exigencias de la época. Sus expresiones e himnos son adecuados al instante, y se sienten influídos por el deseo o por los efluvios que brotan del alma de las muchedumbres. A veces pasan, aislados, otras se mezclan a las agitaciones urbanas. El don de armonía les hace transfigurarse, y una simple frase de común prosa les brota vestida de estrellas o de chispas sulfurosas. Homero y Píndaro tienen muchos nombres, tienen ojos negros o azules, emergen entre una tribu de judíos, en la estepa o en la pampa, o andan elegantemente por los bulevares parisienses, por los clubs de Londres o en las calles de Buenos Aires o de Nueva York o por las tierras de la magnífica Italia. Píndaro y Homero, que tuvieron en lo antiguo en sus manos la trompa o la lira sagradas, guardan hoy a veces silencio. Y en los bolsillos de sus diferentes disfraces suele encontrarse, con o sin el poema, un libro de cheques—o una bomba. Es preferible, en todo caso, el libro de cheques—y tu gran corazón, querido Salvador Rueda.


ALGUNOS JUICIOS