Cuando Octave Mirbeau descubrió en el Fígaro parisiense a Maeterlinck, nombró a Shakespeare. Hugo, si no me engaño, en una breve frase, rememoró al omnividente Will, a propósito de las extraordinarias niñerías de Rimbaud.

Yo no he encontrado la sensación shakespereana más que en algunas cosas de Lugones—en quien encuentro todo—y en los últimos libros de Valle Inclán. Poe queda aparte como Jules Laforgue.

III

El éxito internacional—y lo digo con motivo de que en Francia han comenzado a traducir las obras de Valle Inclán—no tiene nada que ver con el mérito artístico, con los valores ideales. D'Annunzio, a pesar de su réclame, no se puede regodear de una Quo vadis?, y Sienkiewicz nada vale al lado del Coloso: ¡George Ohnet!

George Meredith acaba de morir, y aquí en España no he visto en ningún periódico más artículo respecto a la desaparición del prodigioso inglés, que el que ha enviado a un diario su corresponsal en Londres, varios días después de los funerales.

IV

Los personajes que en su ya larga serie de obras ha creado este espíritu de excepción, son vivientes más allá de la real vida, más allá de la vida normal; no existen como los héroes balzacianos o zolescos, sino como Hamlet, Otelo, o el viejo Lear.

Los tipos retratados o encarnados de lo cotidiano, mueren, desaparecen, como los que vemos todos los días. Poeta o escritor que quiere dar a sus seres supervivencia tiene que plasmarlos e infundirles un alma bajo un concepto de eternidad. No viven hoy diez mil tipos animados por mil autores que tuvieron en su tiempo ganga y celebridad, y que hacían la labor de fuera para dentro. Viene Celestina simbólica y que parece tan real como quien hubiera merecido ser su esposo o compañero, el gordo Falstaf. Ambos tuvieron forma y alma de dentro para fuera. Así el ilustre Bradomín, don Juan Manuel de Montenegro, las damas de ensueño y los bufones de misterio que, en un ambiente desconocido, aparecen en la obra profunda y encantadora de Valle Inclán.

V