Yo he retratado antaño a este admirado y querido amigo mío en el siguiente soneto:
Este gran don Ramón de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un viejo dios, altanero y esquivo,
que se animase en la frialdad de su escultura.
El cobre de sus ojos por instantes fulgura
y da una llama roja tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de que siento y que vivo
a su lado, una vida más intensa y más dura.
Este gran don Ramón del Valle Inclán me inquieta,