y a través del zodíaco de mis versos actuales

se me esfuma en radiosas visiones de poeta,

o se me rompe en un fracaso de cristales.

Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta

que le lanzan los siete pecados capitales.

Tales catorce versos no dicen en verdad la complicada figura de este gran don Ramón. Tan complicada, que ha llegado a ser casi burgués, casándose con un «alma hermana» que le comprende y le ama muy de veras. La antigua cabellera ha desaparecido; una indumentaria inglesa ha sustituído a la de los días pasados—aunque también el macferland era británico—y luego, nunca, nadie podrá decir que ha visto a Valle incorrecto. Siempre, aun en días duros, fué el caballero, el fidalgo. En su casita, que es un nido de arte, en la calle de Santa Engracia, una niñita sonrosada es una rosa sobre su gloria, es la princesa.

VI

Este no es un estudio; dicho está que son notas. Largo trabajo se necesitaría para exponer la obra—y la vida unida ella—de Valle Inclán. Porque lo que he dicho sobre lo shakespeareano, tiene, en la introspección, una base de realidad. Atiéndase bien:

Todo lo que en la poemática labor de Valle Inclán parece más fantástico y abstruso, tiene una base de realidad. La vida está ante el poeta, y el poeta la transforma, la sutiliza, la eleva, la multiplica; en una palabra: la diviniza, con su potencia y música interior. El que no tiene el daimon no puede hacer eso, y, por tanto, he sostenido la superioridad de Unamuno sobre otros puramente formales o virtuosos en la lírica.