Los alegres compadres protestan y se escandalizan. Es demasiada tristeza... ¿Qué les pasa a los poetas jóvenes de hoy, a los de la pasada y de la actual generación? ¿No hay cosas risueñas que contar?
Y los inenarrables de siempre.—¡Cómo! ¡Un poeta americano que sigue las huellas de tales o cuales desconsolados europeos! ¿Y vuestros ríos que parecen mares? ¿Y vuestros bosques, y vuestros lagos, y la fecunda zona que el sol enamorado circunscribe? ¿Y los libertadores? ¿Y el oprobioso yugo y el león de España? ¿Y la virtud de vuestras matronas? ¿Y la Patria, por fin? ¿Y la Patria?
Muchas más interrogaciones hay que dejan estupefactos a los cisnes, bajo la sombra, no siquiera de Bonhomet, sino del convencido e inmortal farmacéutico. No, dicen los buenos gustadores, no hagamos caso de esas preguntas. En este bello breviario, una desolada y encanecida Bella del bosque durmiente, dice lo irreparable. Hay «languideza» en versos fatigados. ¿Quién dirá que no es hermosamente valiente y castizo ese romance que empieza:
Clavó su castillo el conde
en la roca más hostil
del monte...;
¿Y que no hay remembranzas de la pasada pasión, y cosas que habrían complacido a René y a Olimpio? ¡Un romántico! Sí. Nervo es un romántico. Un romántico del siglo XX. Esto no sienta mal, porque ya sabéis la opinión de Stendhal sobre el particular. Él se declaró romántico. Y, además, era cónsul.
Saludemos, pues, a la señorita a quien en ese libro se le expresa:
Angélica y Oriana;
Melisandra y Cordelia,