Otro escritor, compatriota de Echeverría, dice: «Quien conozca nuestro pueblo y su lenguaje expresivo y sencillo; quien haya vivido nuestra vida y fortalecido el cuerpo enfermo con las emanaciones suaves de esta tierra; quien haya puesto su alma en contacto con esta naturaleza soberbiamente prolífica, tranquila y bella, no dejará de leer con amor los versos de este libro, porque de todos se desprende el vaho fortificante de nuestro suelo». Así ha sucedido, pues ningún otro poeta en Costa Rica tiene, como él, ni tantos lectores, ni tantos afectos conquistados.

Yo conozco la tierra de Echeverría. Los campos son fecundos y risueños. Si en las costas quema la furia solar del trópico, en el interior el clima es fresco y la vida apacible. Los campesinos tienen casi todos tipos europeos. En montes y campañas podréis hallar incultas bellezas, de hermosos rostros y voluptuosos cuerpos. Si he visto en San José, la capital, damas incomparables y mozas de la cofradía del diablo que en París hubieran sido unas bellas Oteros, pude admirar en mis excursiones mujeres e hijas de agricultores y carreteros, el rosado pie descalzo y la cabellera al aire, y para galantear a las cuales habría yo solicitado de mi amigo Aquileo algunas de sus gratas concherías. ¡Su musa lo sabe decir con tanta gracia y donaire! Su musa: hela aquí tal como él la pinta.

Mi musa es joven y ardiente,

morena, de erguido seno,

boca sensual y más roja

que las bayas del cafeto;

blanca y firme dentadura,

que es albo nido de besos;

ojos grandes y expresivos,