«El éxodo y las flores del camino» es la parte de verso de un libro en verso y prosa publicado con ese título. Es un corto reisebilder. Notas de viaje, líricamente expuestas y rimadas, es su Parcours du rêve au souvenir; ¡pero bastante lejos de Montesquiou-Fézensac!—Irlanda, Londres, Bretaña; y París, y mujeres, y artistas; y otra vez París, y Flandes; y Lucerna, y Bohemia; e Italia y París; y mujeres; y arte; ¡y París y París!
¿Te acuerdas, mi querido colega, de aquella joven parisiense que en una comida de amigos, en su casa, te cantó unos versos hechos por ella, tan triste y tan dulcemente, versos de adiós? ¿Y que poco tiempo después se murió?... Aquella era una de tantas ilusiones de París. Ahora me he acordado de ella.
La literatura en Centro América.
EL POETA DE COSTA RICA
Costa Rica tiene el espíritu más ordenado y pacífico de todas las cinco repúblicas de la América Central; Costa Rica tiene sangre gallega; Costa Rica tiene un notable diplomático en Europa que se llama el conde de Peralta; Costa Rica tiene el mejor teatro de aquellas regiones; Costa Rica tiene la corte suprema de justicia centroamericana en la ciudad de Cartago, y un edificio que le regala Carnegie; Costa Rica tiene un tranquilo pueblo de agricultores, y Costa Rica tiene un poeta. Tiene, es verdad, otros poetas, pero «su» poeta, el poeta nacional, el poeta regional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría. Este poeta ha sido empleado público, militar, diplomático, periodista. Yo le he conocido hace ya muchos años, cuando era ayudante del presidente Cárdenas, de Nicaragua. En Wáshington, donde perteneció a la Legación de su país, fué íntimo amigo de un distinguido argentino, el señor Attwell. Ha gustado siempre de la vida social y no ha andado muchas veces lejos de la vida del país de Bohemia. Su indestructible pasión fueron las amables musas. Después de errar en varias repúblicas centroamericanas, retornó a su país y se casó, y, como en los cuentos, tuvo muchos hijos. Su carácter, siempre jovial, siempre alegre, se opuso a los persistentes golpes de la mala suerte. Sus dones intelectuales se fueron aquilatando con los años, pero el hada Carabosse que, como es costumbre había aparecido ante su cuna en los instantes en que otras hadas buenas le dotaban con muchas cosas buenas, le hizo el poco grato obsequio de la mala salud. Y he aquí por qué, cuando escribo estas líneas, se encuentra el poeta de Costa Rica en un Sanatorio de Barcelona. Ha venido a Europa por una disposición especial del Congreso de su país, en la cual, como sucede siempre en esos casos, se hace saber oficialmente y sin eufemismos, que es poeta y que es pobre. Desde su lecho de enfermo, prepara en la ciudad Condal una nueva edición de sus versos el sentimental e ingenioso autor de Concherías.
¿Qué significa la palabra conchería? El distinguido escritor costarriqueño, señor Brenes Mesén, nos lo explicará: «Aunque la palabra «conchería» es bien inteligible para los nacionales, no estará demás indicar que en Costa Rica, de unos ocho años para acá, se llama «concho» al campesino, al aldeano. Por lo tanto, una conchería es una acción, o una expresión propia de un campesino». Habla el poeta la lengua de los hombres rurales de su tierra. Una ráfaga del aire que acarició las melenas de Martín Fierro o de Santos Vega ha pasado por allá. El canto brota del terruño como las flores y frutos autóctonos. Demás decir que Echeverría no ha tenido nada que ver con princesas propias o ajenas; no ha contribuído a hacer odioso el alejandrino, no ha tenido jamás ningún rastacuerismo lírico, ni se cree un pistonudo genio. Tiene—¡ah, tener eso todavía, Dios mío!—tiene un corazón. Un corazón armonioso, sensible y lleno de alegría y de ternura. Ha sufrido las terribleces de la escasez y está padeciendo las amarguras de la enfermedad y, sin embargo, no hay en él un solo instante de pesimismo y, como buen pájaro natural, dice su decir rítmico celebrando las cosas lindas de la vida y despertando la sonrisa en los labios de los que escuchan su música jovial.
En pocas palabras sintetiza su valor uno de sus amigos, Antonio Zambrana: «No padeciendo o afectando enfermedades forasteras, no enclenque y canija, no vistiendo trapos de París manchados de vino, sino fresca y colorada, la musa de Aquileo nació en Cot, o en Barba; sobre eso puede haber disputa, y es muchacha alegre, honrada, si ligera de lengua, de muchas libras de peso. Aquí tienes, amigo lector, algo, no sólo de la raza, sino de la tierra, algo genuino, espontáneo y sin careta, hombre que a otros no les empresta la lira, contentándose a veces, para su música, con una flauta de caña hueca, pero hecha por él del material de nuestros bosques. Imaginación traviesa, pero que sabe ponerse seria si conviene; ingenio peregrino, verbo sonoro y abundante, hay uvas de lo mejor de Andalucía y naranjas de aquí, con semilla de Valencia, en el plato que te presento; regala tu paladar y sé agradecido». Sí puro, espontáneo; ciertamente, conténtase a veces para su música con una flauta de caña hueca hecha por él del material de nuestros bosques. Pan hacía lo mismo, dirá él. Su verso es bien modulado, y aunque diga cosas de la patria nativa, demuestra su descendencia clásica, la fuente original de donde ha fluído el admirable y bien sonante romancero castellano.
Echeverría habla bien su lengua patriótica. Para Rafael Obligado sería el numen de Aquileo simpático como su apellido. Y yo aprovecho la ocasión para declarar cuánto me encantan los poetas que, como el árbol de su floresta, dan la flor propia. Mi vida errante explicaría mi cosmopolitismo de antaño y mi exotismo el ansia de lo deseado.