Ese romance revela su origen castizo y suena a España. Lo propio que cuando dice sentires de hogar y casa paterna, o cuando planta un tipo netamente popular costarriqueño al modo con que los maestros españoles nos han dejado la figura de los jaques andaluces o de los chulos madrileños. ¿Qué deciros si hasta, de pronto, aparece el recuerdo del sencillo helenismo de aquel honesto don Juan Meléndez Valdés?
Es Clori, la esposa
del Céfiro amante...
Ni las anacreónticas ni los romancillos son del poeta que he querido hoy celebrar, sino las gallardas, las nativas, las sabrosas concherías, en las que se encuentran, según las palabras del ya citado señor Brenes Mesén, «aliento fresco de los montes, respiración sana de terneras al levantarse la aurora, risas del campo cortando la tranquilidad de las horas...» Los usos y las costumbres del buen pueblo de Costa Rica, sus preocupaciones y sus supersticiones, algunas heredadas de los tiempos coloniales, sus maneras de divertirse, de enamorar, de pelear, sus duelos y sus negocios, todo dicho con sus provincialismos, con sus giros antigramaticales, pero semejantes a los de algunas regiones de España, todo ello se encuentra en los versos de Echeverría. El señor Brenes Mesén considera eso de importancia para los filólogos extranjeros. «No se le da bien disecado en su diccionario, sino viviente, tibio, como si se tomase de los labios mismos del pueblo». La transcripción se ajusta, tanto como es posible, para no chocar demasiado con los hábitos existentes a la verdadera pronunciación popular. Allí está justamente su importancia. Las palabras que los gramáticos han condenado como impropias, son, con frecuencia, arcaísmos, y en todo caso se nos ofrece la oportunidad de ver que las leyes fonéticas que presidieron a la formación de la lengua castellana, siguen ejercitando su influencia a través de la distancia y los siglos.
Si desde la época anticlásica vemos que la r final de los infinitivos se asimila a la l delante de los subfijos, y así lo observamos en Concherías, necesario será concluir que la vida de nuestra lengua posee una pujanza extraordinaria, y que allí donde se encuentra la libertad de hacerlo, se desarrolla tan fuerte como en los primeros años de su aparición en la Península ibérica. Entre vocales, la síncopa de la d fué ley constante, y así subsiste en nuestro lenguaje popular, que la suprime indefectiblemente en los participios de la primera conjugación. La elisión de la o y de la e delante de palabras que principian por vocal, también la observaron los castellanos y es ley dominante en la lengua «tica» y americana en general. Ticos se llama en Centro América a los habitantes de Costa Rica. Desde luego, demás está decir que para comprender algunas de las poesías de Echeverría se necesita un vocabulario especial, como sucede en casos semejantes, así sea un soneto de Pascarella, un Poema de Jehan Rictus, una página de Bill Nay o de Fray Mocho.
Veamos algunos ejemplos. Transcribiré el romance titulado Un hermano:
Bajo un mango corpulento,
y tendidos en la yerba,
junto a los bueyes que echados