a nuestros valles risueños,

a nuestra tierra fecunda,

a nuestro límpido cielo.

Que no brinda en copa de oro,

sino en los cálices bellos

que le ofrecen los claveles,

ya de nieve, ya de fuego,

que embalsaman con su aroma

mi apacible y caro huerto.

Desde luego, no estamos aún escuchando la parla de los conchos.