Avino, pues, que una tarde, paseábase no lejos de su mansión, en el lindo pueblo, la ilustre cortesana, en compañía de otra no menos ilustre y de un joven amigo, por el cual padecía el amable mal que aquí llaman béguin. El joven, casi un efebo, es nada menos que príncipe. Príncipe más o menos valaco, servio o rumano, pero príncipe; con una cara como la de Kubelik, y un significativo tupé. ¡Y el otro tupé! Iba, pues, Liane de Pougy en su compañía, luciendo entre otras cosas un sombrero que, por lo diminuto, parecía un sombrero de muñeca. En esto, aparecen en una bocacalle dos damas burguesas con un excelente señor burgués.

Una de las burguesas, verdaderamente asombrada y regocijada, al ver el sombrerito de la amorosa, se echó a reir con todas ganas, como corresponde a una burguesa.

Entonces el joven príncipe, en defensa de su amiga bella, dijo a la mujer que reía:

—Cuando se tiene una gueule como esa, no se debe reir:

—¡Gueule ha dicho!—exclamó indignada la burguesa dirigiéndose a su marido. Al mismo tiempo que daba a la Thais un nombre de simpático pájaro que ignoro por qué toman aquí por un insulto: «Grulla».

Cuando el príncipe menos lo pensó, el hombre republicano le dió un par de sonoras bofetadas.

—¡Caballero!—gritó.

Y el otro le dió entonces otro par. Luego cada cual se fué a su casa.

El príncipe, naturalmente, no mandó los padrinos al hombre inferior, sino que le entabló demanda. Y Liane lamentaba a su príncipe deteriorado a causa de ella. Ello no tuvo grandes consecuencias. Sino que, al poco tiempo la negra Jesús preparó su más papagayesco vestido verde, para asistir a la boda de la nueva princesa, que con su título queda convertida en sobrina de la reina Natalia de Servia. Esta se ruborizará de la méssaliance. ¡Si viviese el rey Milano! Y como parece que la renta que antes servía a su joven preferido la cortesana, se ha aumentado con la ceremonia nupcial, dicen, con cierto eufemismo, malignos como el político Géraut-Richard: «Si nos arrière-grands-oncles virent des rois épouser les bergères, nous voyous, nous, des princes épouser le troupeau et des sirenes séduites par de brillants mais minuscules hôtes de l'onde». Y otros irónicos: «Es en efecto cierto que celebrando el pacto conyugal, entrando en la categoría de las esposas legítimas, mademoiselle Liane de Pougy se déclasse definitivamente. Se aparta de la deliciosa galería de las grandes cortesanas, la que fué en nuestros tiempos morosos el más espléndido adorno. Aspasia y Lais, Marióu Delorme, Ninón, Manón Lescaut, Cora Pearl y Anna Deslions, tenían en Liane una continuadora tan bella como ninguna de ellas lo fué jamás. Ella mantenía, no diremos el pabellón, pero sí la bandera de las ilustres hetairas y de las suntuosas vendedoras de olvido. Era una gran figura, la alta significación de un ideal eterno. Pues, si son maldecidas por los burgueses y abominadas por los profesores, las grandes cortesanas tienen de su parte a los poetas, a los artistas, a los que dan la inmortalidad. Y mademoiselle Liane de Pougy renuncia a todo eso. Pone su dimisión de diosa. Se pierde entre la muchedumbre. Llega al matrimonio como un bello bajel que acaba de correr mares encantados y que, abandonando sus bellas velas, vuelve al puerto comercial, se resigna al dique polvoroso cerrado de esclusas, limitado por cadenas, rodeado de funcionarios. ¡Qué caída!»

Y se insiste en el tupé principesco. Qué tupé. ¿Sábese—dice otro maldiciente—que la princesa está condecorada con el Águila Negra del Benin? Una condecoración africana, como veis. Condecoróla el rey negro Tofa, que fué un admirador fervoroso de sus encantos.