«El recuerdo de su belleza lo perseguía en las regiones tropicales y le obsedía a tal punto, que el buen monarca, que sabía algunas palabras de francés, siempre hablaba de ella cuando charlaba con oficiales amigos.

—Comment vas-tu?

—Pas mal, et toi, mon vieux?

—Moa, Lian' Paougi! Lian' Paougi!

Y al decir esto, el buen rey de Benin sacudía su bicornio emplumado y las charreteras de cabo que adornaban sus espaldas desnudas.»

Maldad, se dirá, murmuraciones, envidias. Pero es el caso que el príncipe servio debe de saber toda esa colección de anécdotas y ocurrencias que han aparecido en los periódicos con motivo de su sonado casamiento.

Los parisienses, de todas maneras, se han enorgullecido de ella.

—Es—dice uno—la más célebre de nuestras demi-mondaines y la más rica. Su lujoso hotel de la rue de la Neva encierra una fortuna. Más de cien mil francos de bibelots están amontonados en la chimenea, y una vitrina de vientre dorado contiene por un millón de joyas. La dueña monta a caballo, toca guitarra, toca piano, recita y conoce la pantomima. Su gloria se realza con algunas resonantes tentativas de suicidio.

Ya veis que toda su persona es lo que se llama completamente parisiense. Y que en tiempos en que se endiosan a los histriones y cortesanas, ella está the right woman in the right place.