Cuando en la alcaldía el funcionario le preguntó por su edad, ella confesó, con cierta vacilación encantadora, treinta y tanto años. En cuanto a su nombre verdadero, le fué preciso revelar un patronímico harto vulgar. En su anterior estado de casada se llamaba madame Purgre.
¿No dicen que se llama D'Annunzio Rapagnetta? ¿Y Anatole France simplemente Thiébaut?
Pero ya oigo a Unamuno exclamar en su francofobia: ¿Pero en eso se ocupan los franceses?—¡En eso, mi buen amigo, y en otras cosas más!
De la necesidad de París.
Cuando uno ha habitado la ciudad de París por algún tiempo, se convence de que, desde luego, vale más que una misa. Se padece fuera de París la enfermedad de París. No da uno un paso sin recordar a propósito de cualquier cosa el ambiente y el encanto parisienses, y la nostalgia se acentúa de manera que hay que volver lo más pronto posible. Es que hay una especie de brujería en la villa divina e infernal que posee y no suelta jamás. ¿Una misa? Todo el ritual romano lo dais por retornar al imperio de París y de la parisiense.
El florido anciano de antaño que echaba a volar sus canciones en París como gorriones, cantaba:
Ris et chante, chante et ris;
Prends tes gants et cours le monde;
Mais, la bourse vide ou ronde,
Reviens dans ton Paris;