Ah! reviens, ah! reviens, Jean de Paris.
Sí, Béranger tenía razón. Para el verdadero parisiense de París, la bolsa más o menos provista es cosa secundaria. El rastacuero no comprenderá eso. El parisiense de París sabe acomodarse. Sabe que la gran ciudad, al que llega a conocerla bien y a amarla de veras, le enseñará el arte de servirse, con igual relativa satisfacción, tanto del franco como del luis.
Toujours, dit la chronique ancienne,
Jean sur son grand sabré a santé,
Quand de leur ville avec la sienne
Des sot, comparaient la beauté.
Proclamant sur son âme,
En prose ainsi qu'en vers,
Les tours de Notre-Dame
Centre de l'Univers.