—Yo voy, le dije.

—Está bueno.

—Treme un diacuatro de breba.

—A mí dos riales de puros.

—Pa yo una vara de mecha.—

Me puse la alforja al hombro

y descolgué una linterna,

y me tercié a la cintura

por si acaso, la cruceta.

Después de dale a los caites