y a la virgen Margalena,

y le dije como pude:

—«¡Decí... lo... que... te... se... ofrezca!»

Se sentó dentro el atául

(caramba que pestilencia,

iedor a recién casada,

o como a letrina vieja,

o como a güevos podridos,

o como a nido de perra).

—«Le debo—dijo el difunto,