¿Decidme si en lo que comprendéis de esta relación y de esos diálogos, al lado de algún baturro, gallego o andaluz, no percibís la taimadez y la picardía gauchescas, que el argentino Álvarez y otros han hecho perdurar aun después de la casi desaparición del gaucho? Hay otras poesías de Aquileo Echeverría en que eso se demuestra más claramente, y ello podrá comprobarlo quien lea su ameno libro.

Yo debo declarar que si en sus poesías de sentimiento me conmueve tanto como el murciano Vicente Medina—a quien tan admirablemente ha seguido una poetisa, también de Costa Rica, cuyo nombre no recuerdo en estos momentos—en los cuentos y descripciones criollas, aun en los que casi se dirían trabajos de folk-lorista, me perfuma y melifica el humor, me brinda el impagable regalo de la risa, de la honradez literaria, después de soportar tanta imitación desatentada, tanto pseudo modernismo, tanta farsa intelectual como los que han invadido la literatura española e hispanoamericana al amparo de la libertad del Arte y de la sinceridad y noble entusiasmo de los iniciadores.

O poesía asturiana.

Los poetas de Asturias, esto es, los poetas que escriben en asturiano y los que escriben o escribieron en castellano, son poetas castellanos o españoles. Los dialectales hablan la lengua del terruño, expresan el alma popular, tienen un noble abolengo que se arraiga en un recóndito pasado. Tal pensaba leyendo, en la playa cantábrica, la antología de Caveda y Canella Secades, y en algunos periódicos locales, poesías de los poetas que cantan ahora.

Es el lenguaje armonioso y sonoro como la antigua fabla, con la cual tiene más que semejanzas. No sin razón la tenía en tanto precio aquel gran asturiano que se llamó don Gaspar Melchor de Jovellanos, que escribió una notable instrucción para la formación de un Diccionario bable, que puede leerse en la colección de sus obras, publicadas e inéditas, de la biblioteca de Rivadeneyra.

En la antología que he citado hay poesías de autores de pasados tiempos y cantares anónimos, de esos que en todas partes brotan del corazón popular y circulan de boca en boca, sin que se sepa quién los compuso.

Don Antonio González Reguera fué un discreto y muy gracioso rimador de Asturias, que nació a principios del siglo XVII, y del cual se conservan algunas producciones. El romance que trata del pleito entre Oviedo y Mérida sobre la posesión de las cenizas de Santa Eulalia, es muy gentil y de un sabor de época verdaderamente propio. Es la poesía más en dialecto asturiano que se conoce:

Cuando ensamen les abeyes

y posen de flor en flor,

si les escurren s'espanten