—Shere Khan nos honra en extremo con su visita, dijo papá Lobo, mientras le desmentían sus iracundos ojos. ¿Qué desea Shere Khan?

—Mi presa. Un cachorro humano ha pasado por aquí. Sus padres han huído. Dámelo.

Shere Khan había saltado por encima de un fuego de leñadores, como dijo papá Lobo, y estaba furioso por el dolor de las quemaduras que tenía en las patas. Pero papá Lobo sabía perfectamente que la boca de la caverna era harto estrecha para que por ella pudiera pasar un tigre. Aun en el sitio donde Shere Khan estaba, sus hombros y patas delanteras tenían que encogerse penosamente, como le ocurriría al hombre que intentara pelearse con otro dentro de una cuba.

—Los lobos son un pueblo libre, dijo papá Lobo. Obedecen las órdenes del Jefe de su manada, y no las de un pintarrajeado cazador de reses como tú. El cachorro de hombre es nuestro... para matarlo si se nos antoja.

—¡Si se nos antoja! ¡Si se nos antoja! ¿Qué es eso de antojárseos ó no? ¡Por el toro que maté, que es cosa de preguntar hasta cuándo he de estar oliendo vuestra perruna guarida, para obtener lo que en justicia se me debe! ¡Soy yo, Shere Khan, el que os habla!

Tronó por los ámbitos de la caverna el rugido del tigre. Mamá Loba separóse de los lobatos y se adelantó, fijando en los llameantes ojos de Shere Khan los suyos, semejantes á dos verdes lunas brillando en la oscuridad.

—Y soy yo, Raksha (el Demonio), quien te contesta. El cachorro humano es mío, Lungri, mío y muy mío. No se le matará. Vivirá para correr junto con nuestra manada y para cazar con ella; y, al fin y al cabo, mire vuesa merced, señor cazador de desnudos cachorrillos... devorador de ranas... matador de peces..., al fin y al cabo, él será quien, á su vez, le cace. Con que ahora apártese, ó por el sambhur que maté (yo no como ganado hambriento), le aseguro, fiera chamuscada de estas selvas, que va á volver vuesa merced al regazo de su madre, más coja aún que al venir al mundo. ¡Márchese!

Papá Lobo miró con aire estupefacto. Había casi olvidado ya aquellos tiempos en que ganó á mamá Loba en liza abierta contra otros cinco lobos, cuando ella tomaba parte en las correrías de la manada, y el llamarla el Demonio no era un mero cumplido. Shere Khan acaso hubiera desafiado á papá Lobo, pero no podía resistirse contra mamá Loba, porque sabía que, en el sitio en que se hallaban, todas las ventajas eran para ella, y que lucharía hasta morir. Retiróse, pues, refunfuñando, de la boca de la caverna, y cuando se vió libre, gritó:

—¡Cada perro ladra en su cubil! Ya veremos lo que dice la manada respecto á eso de criar cachorros humanos. El cachorro es mío, y al fin vendrá á parar á mis dientes, ¡rabosos! ¡ladrones!

Dejóse caer jadeante mamá Loba, entre sus lobatos, y díjole gravemente papá Lobo: