—Algo sube por la colina, observó mamá Loba levantando una oreja. Prepárate.
Crujieron levemente los matorrales en la espesura y papá Lobo agachóse, con el cuarto trasero junto á la tierra, pronto á dar el salto. Á haber estado allí en acecho, hubiérais visto entonces la cosa más estupenda de este mundo: el lobo se detuvo en el preciso momento de estar saltando. Brincó antes de haber visto contra qué se lanzaba, y, de pronto, trató de pararse. El resultado fué salir disparado en dirección vertical hasta un metro ó metro y medio de altura, volviendo á caer casi en el mismo sitio.
—¡Un hombre! exclamó con disgusto. Un cachorro humano. ¡Mira!
Frente á frente de él, apoyándose sobre una rama baja, erguíase, completamente desnudo, un niño moreno que apenas sabía andar: la cosa más mona y pequeña, más fina y regordeta que jamás se había presentado, de noche, ante la caverna de un lobo. Miró á éste cara á cara, y se rió.
—¿Es esto un cachorro de hombre? dijo mamá Loba. Nunca he visto ninguno: tráelo.
Acostumbrado á mover de un lado á otro sus propios pequeñuelos puede un lobo, si es preciso, llevar un huevo en la boca sin romperlo, y así, aunque se juntaron sobre la espalda del niño ambas quijadas de papá Lobo, ni un solo diente le arañó la piel, que apareció intacta al colocarle éste entre los lobatos.
—¡Qué pequeño! ¡Qué desnudo! Y... ¡qué valiente! dijo con dulzura mamá Loba. El niño se abría paso por entre los cachorros para arrimarse al calor de la piel. ¡Ajá! Ahora come con los demás. De modo que éste es un cachorro de hombre ¿eh? Pues á ver si ha habido nunca lobo que pudiera vanagloriarse de contar uno entre sus hijos.
—De eso he oído hablar algunas veces, pero nunca refiriéndolo á nuestra manada ni á mis tiempos, contestó papá Lobo. Está completamente desprovisto de pelo, y bastaría que lo tocara con el pie para matarlo. Pero observa: nos está mirando y ni siquiera tiene miedo.
El resplandor de la luna, que penetraba por la boca de la caverna, quedó interceptado, de pronto, por la enorme cabeza cuadrada y por los hombros de Shere Khan que se asomaba á la entrada. Tabaqui, detrás de él, le decía con voz chillona:
—¡Señor, señor, se ha metido aquí.