Púsose á escuchar papá Lobo, y en el valle que descendía hasta el río oyó el seco, rabioso, pérfido lamento que canturrea el tigre cuando no ha podido apoderarse ni de una sola pieza, y poco le importa ya que la selva toda se entere de ello.
—¡Imbécil! exclamó papá Lobo. ¡Vaya un modo de comenzar el trabajo metiendo semejante ruido! ¿Si se figurará que nuestros gamos son como sus gordos bueyes de Wainganga?
—¡Chist! No son bueyes ni gamos lo que caza esta noche, contestó mamá Loba. Lo que busca es el Hombre. El plañidero grito se había trocado ya en una especie de zumbante ronquido que parecía venir de todo el ámbito del país. Era aquel ruido especial que desconcierta á los leñadores y á toda la gente errante que duerme al raso, haciéndoles correr, á veces, tan desatentados que se arrojan en las mismas fauces del tigre.
—¡El Hombre! dijo papá Lobo enseñando la doble hilera de blanquísimos dientes. ¡Faug! ¿Acaso no hay bastantes escarabajos y ranas en las cisternas, que ahora se le ocurre comer carne humana? ¡Y, por añadidura, en terreno nuestro!
La Ley de la Selva, que nunca ordena algo sin tener motivos para ello, prohibe á toda fiera el comer Hombre, excepto en el caso de que ésta mate para enseñar á sus pequeñuelos á matar, y aun así es preciso que cace fuera del cazadero de su manada ó tribu. La verdadera razón que hay para disponerlo de esta suerte es que toda humana matanza significa, tarde ó temprano, la llegada de hombres blancos, montados en elefantes y armados de fusiles, en compañía de algunos centenares de hombres de color con gongos, cohetes y antorchas. Á todo el mundo en la selva le toca sufrir entonces. En cuanto á la razón que entre sí se dan las fieras, es que el Hombre es el más débil é indefenso de todos los seres vivientes, y no es digno de un cazador el poner mano en él. Dicen también (y es cierto), que los devoradores de hombres se vuelven sarnosos y pierden los dientes.
El ronquido fué haciéndose más intenso y terminó, al fin, en el ¡Aaar! á plena voz que lanza el tigre en el momento en que ataca.
Oyóse entonces un aullido (impropio de un tigre), lanzado por Shere Khan.
—Ha errado el golpe, dijo mamá Loba. ¿Qué ocurre?
Corrió hacia fuera papá Lobo, á la distancia de algunos pasos, y oyó á Shere Khan murmurando y gruñendo furiosamente, mientras se revoleaba entre la maleza.
—Á ese estúpido se le ha ocurrido nada menos que saltar por encima del fuego de unos leñadores, y se le han quemado las patas, dijo papá Lobo gruñendo con malhumor. Tabaqui está allí, con él.