—Muchísimas gracias por tan buena comida, dijo relamiéndose. ¡Qué hermosos son tus nobles hijos! ¡Qué ojos más grandes tienen! ¡Y á pesar de ser tan jovencitos! Por más que, verdaderamente, no debiera extrañarme, con sólo recordar que los hijos de los reyes son ya hombres desde que nacen.

Excusado es decir que Tabaqui sabía, tan bien como cualquiera, que nada hay tan inoportuno como elogiar á los niños estando ellos delante, y que le divertía en extremo el ver en situación embarazosa, no sólo á mamá Loba, sino también al papá.

Tabaqui se quedó inmóvil gozándose en el daño que había causado, y luego añadió con aire de despecho:

—Shere Kan, el Grande, ha cambiado de cazadero. Durante la próxima luna cazará, según me ha dicho, en estas colinas.

Shere Khan era el tigre que vivía cerca del río Wainganga, á cinco leguas de distancia.

—No tiene ningún derecho á ello, dijo incomodado papá Lobo. Según la Ley de la Selva no puede cambiar de lugar sin advertirlo debidamente. Va á asustar á toda la caza en dos leguas y media á la redonda, y yo... yo he de trabajar doble en esos casos.

—Por algo le llamó su madre Lungri (el Cojo), dijo mamá Loba en voz baja: es cojo de nacimiento. Por eso no ha podido matar nunca más que ganado. Ahora, los campesinos de Wainganga le persiguen, y se ha venido aquí á molestar á los nuestros. Revolverán la selva en busca de él cuando estará ya lejos, pero nosotros y nuestros hijos tendremos que huir cuando peguen fuego á la maleza. ¡Te aseguro que le estamos muy agradecidos á Shere Khan!

—¿Queréis que se lo diga? contestó Tabaqui.

—¡Fuera de aquí! replicó enfadado papá Lobo. ¡Fuera de aquí y vete á cazar con tu amo! Ya has hecho bastante daño por esta noche.

—Ya me voy, dijo con suave tono Tabaqui. Desde aquí se oye á Shere Khan allá abajo, en la espesura. Podía haberme ahorrado el traeros la noticia.