Alzóse un coro de gruñidos, y un lobo joven, de unos cuatro años, recogió la pregunta de Shere Khan, dirigiéndose otra vez á Akela:
—¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro humano?
Ahora bien: la Ley de la Selva prescribe que, en el caso de disputársele á un cachorro el derecho á ser admitido por la manada, han de defenderle por lo menos dos de los miembros de ésta, que no sean su padre ó su madre.
—¿Quién habla en favor de este cachorro? dijo Akela. ¿Quién, que pertenezca al Pueblo Libre, habla en favor suyo?
Nadie contestó, y mamá Loba preparóse para lo que ya sabía ella que sería su última pelea, si al terreno de la lucha era preciso llegar.
Entonces, el único animal de otra especie á quien se le permite tomar parte en el Consejo de la manada, Baloo, el soñoliento oso pardo, que enseña á los lobatos la Ley de la Selva, el viejo Baloo que puede ir y venir por donde se le antoja porque no come más que nueces, raíces y miel, se levantó en dos patas y gruñó.
—¿El cachorro humano...? dijo. Yo hablo en favor del cachorro. Ningún mal puede hacernos. No poseo el don de la palabra, pero digo la verdad. Dejadle correr con la manada, y contadlo como uno de tantos. Yo mismo le enseñaré.
—Necesitamos ahora que hable otro, dijo Akela. Baloo lo ha hecho ya, y él es el maestro de nuestros lobatos. ¿Quién toma la palabra además de él?
Una sombra negra deslizóse hacia el círculo. Era Bagheera, la pantera negra, de un negro de tinta toda ella, pero con marcas en la piel, propias de la pantera, que según como les daba la luz parecían las aguas que llevan en la trama ciertas sedas. Todo el mundo conocía á Bagheera, y nadie gustaba de atravesarse en su camino, porque era tan astuta como Tabaqui, tan atrevida como el búfalo salvaje y tan sin freno como el elefante herido. Pero, con todo eso, tenía una voz suave como la miel silvestre que gota á gota se desprende de un árbol, y piel más fina que plumón.