—¡Akela, dijo como susurrando, y vosotros, Pueblo Libre! Yo no tengo derecho á mezclarme en vuestra asamblea; pero la Ley de la Selva dice que si alguna duda ocurre, que no sea relativa á alguna muerte, respecto á un nuevo cachorro, la vida de éste puede comprarse mediante un precio estipulado. Y la Ley no dice quién puede, ó no, pagar este precio. ¿Estoy en lo cierto?

—¡Bien, bien! dijeron los lobos más jóvenes, hambrientos siempre. ¡Que se oiga á Bagheera! El cachorro puede comprarse mediante un precio estipulado. La Ley lo dice.

—Como sé que no tengo derecho á hablar aquí, pido, para hacerlo, vuestro permiso.

—¡Habla, pues! gritaron á la vez veinte voces.

—Matar á un cachorro desnudo es una vergüenza. Por otra parte, puede seros muy útil en la caza cuando sea mayor. Baloo ha hablado ya en su defensa. Pues bien: á lo que él ha dicho añadiré yo la oferta de un toro, gordo, acabado de matar, á poca distancia de aquí, si aceptáis al cachorro humano, de acuerdo con lo que dice la Ley. ¿Tenéis algo qué objetar?

Levantóse un clamor de docenas de voces que decían:

—¡Qué importa! ya se morirá cuando lleguen las lluvias del invierno. Ya le abrasarán vivo los rayos del sol. ¿En qué puede perjudicarnos una rana desnuda, como ésta? Dejadle que se junte á la manada. ¿Dónde está el toro, Bagheera? Aceptémoslo.

Y entonces se oyó el profundo ladrido de Akela que decía:

—¡Miradlo bien, miradlo bien, lobos!

Tan entretenido estaba Mowgli en jugar con los guijarros que no observó el acercársele de los lobos uno por uno y mirarle atentamente. Al fin, descendieron todos de la colina, en busca del toro muerto, exceptuando únicamente Akela, Bagheera, Baloo y los lobos de Mowgli.