Shere Khan rugía aún? entre las sombras de la noche, rabioso por no haber logrado que le entregaran á Mowgli.
—¡Sí! ¡Ruge, ruge cuanto quieras! díjole Bagheera en sus propias barbas: ó yo no sé nada de lo que son hombres, ó vendrá día en que esa cosa que está ahí tan desnuda le hará á vuesa merced rugir en muy distinto tono.
—Bien hemos hecho, dijo Akela. Los hombres y sus cachorros saben mucho. Con el tiempo podría ayudarnos.
—Verdaderamente... Puede ser nuestro apoyo en caso de necesidad; porque nadie es capaz de forjarse la ilusión de ser siempre director de la manada, dijo Bagheera.
Akela no contestó. Pensaba en aquel tiempo que llega, al fin, para todo jefe de manada, en que las fuerzas le abandonan, en que se halla más débil cada día, hasta que, al cabo, lo matan los otros lobos, y viene un nuevo jefe á ocupar su puesto... para que lo maten también, cuando le toca el turno.
—Llévatelo, dijo á papá Lobo, y adiéstralo en cuanto debe saber quien pertenece al Pueblo Libre.
Y así fué como Mowgli entró á formar parte de la manada de lobos de Seeonee, siendo un toro el precio pagado por su vida, y Baloo su defensor.
Ahora, contentaos con saltar diez ú once años y con adivinar lo estupenda que sería la vida de Mowgli entre los lobos, porque, á tener que escribirla, sabe Dios los libros que llenaría. Creció junto con los lobatos, aunque, naturalmente, ellos eran ya lobos hechos y derechos, antes de que hubiera salido él de la primera infancia, y papá Lobo le enseñó su oficio y el significado de cuanto en la selva había, hasta que cada crujido bajo la yerba; cada soplo del tibio aire de la noche; cada nota lanzada por el buho sobre su cabeza; cada ruido que producen los murciélagos, arañando, al descansar por un momento en un árbol; cada rumor que causa el pececillo al saltar en una balsa, significaron para él tanto como el trabajo de su oficina significa para el hombre de negocios. Cuando no aprendía algo se sentaba á tomar el sol ó dormía, y luego á comer y á dormir de nuevo; cuando sentía necesidad de limpieza, ó le molestaba el calor, se iba á nadar en las lagunas del bosque; en fin, cuando necesitaba miel (Baloo le había dicho que miel con nueces era comida tan delicada como la carne cruda), se encaramaba á los árboles para buscarla, y quien le enseñó á hacer esto fué Bagheera.
Tendíase la pantera sobre una rama y le llamaba diciendo: «Ven acá, Hermanito,» y al principio Mowgli se agarraba torpemente, como el perezoso; mas luego saltaba por entre las ramas, de una á otra, con todo el aplomo de un mono gris. Ocupó, también, su puesto en el Consejo de la Peña, al reunirse la manada, y allí descubrió que mirando fijamente á un lobo le obligaba á bajar los ojos, lo que fué causa de que lo hiciera á menudo por mera diversión. Otras veces arrancaba de la piel de sus amigos las largas espinas que se les clavaban en ella; porque los lobos sufren horriblemente con las espinas y cadillos que se les quedan entre las lanas. Descendía también por la ladera de la colina, en plena noche, hasta llegar á las tierras de cultivo, y miraba curiosamente á los campesinos en sus chozas; pero desconfiaba de ellos, porque Bagheera le había enseñado una caja cuadrada con una puerta que se hundía al pisarla, y con tanta habilidad colocada entre la maleza que casi cayó él dentro. Bagheera le dijo que era una trampa. Nada fué tan de su gusto como perderse con la pantera por entre las tibias profundidades del bosque, dormir durante todo el pesado día, y contemplar por la noche cómo Bagheera se dedicaba á la caza. Mataba ella á diestro y siniestro según su apetito, y lo mismo hacía Mowgli, con una sola excepción. En cuanto tuvo suficiente edad para hacerse cargo de las cosas, Bagheera le dijo que se abstuviera de poner mano en cabeza alguna de ganado, porque su propia vida había sido rescatada mediante la entrega de un toro.