—Tuyo es cuanto hay en la selva, díjole Bagheera, y puedes matar todo lo que tus fuerzas te permitan; pero, por la memoria del toro que sirvió para comprar tu vida, no has de poner mano nunca en res alguna, ni aun para comerla, sea joven ó vieja. Esto es lo que prescribe la Ley de la Selva.
Mowgli obedeció estrictamente lo que se le mandaba.
Y creció, creció tan fuerte como debe de crecer el niño que no ha de preocuparse en estudiar las lecciones que por modo natural aprende, y para quién no hay otros cuidados que el de procurarse comida.
Una ó dos veces díjole mamá Loba que desconfiara de Shere Khan, y que un día ú otro tendría que matarlo; pero, si un lobato se hubiera acordado de este consejo á cada momento, Mowgli lo olvidó por completo, como niño que era... aunque indudablemente él se hubiera calificado á sí mismo de lobo á haber podido hablar en lengua alguna de las que usan los hombres.
Continuamente Shere Khan le salía al paso, porque como Akela se hacía ya viejo y perdía fuerzas cada día, el tigre cojo había llegado á tener gran amistad con los lobos más jóvenes de la manada que le seguían para recoger sus sobras, cosa que Akela no hubiera nunca tolerado á haberse atrevido á ejercer su autoridad llevándola hasta el extremo.
En tales ocasiones, Shere Khan les halagaba manifestándose sorprendido de que tan jóvenes y excelentes cazadores se dejaran guiar por un lobo que estaba ya medio muerto y por un cachorro humano.
—Cuéntanme, les decía Shere Khan, que al hombrecito no os atrevéis á mirarle en los ojos cuando os reunís en el Consejo.
Y los lobos le contestaban gruñendo, erizado el pelo.
Bagheera, que parecía estar en todas partes viéndolo y oyéndolo todo, llegó á saber algo de esto, y más de una vez le explicó á Mowgli, en pocas palabras, que Shere Khan había de matarle algún día; á lo que Mowgli contestaba riéndose:
—Cuento con la manada y contigo; y hasta Baloo, con toda su pereza, no dejaría de dar algunos golpes en mi defensa. ¿Á qué inquietarme, pues?