Á su espalda, mientras cruzaba las puertas de la ciudad llevando bajo el brazo una piel de antílope y una maleta con atravesaño de cobre, y en la mano un moreno cuenco pulimentado, hecho de coco de mar[16], desnudos los pies, solo, clavados los ojos en el suelo... á su espalda, retumbaban las salvas de los baluartes en honor del que había tenido la fortuna de sustituirle. Purun Dass saludó. Aquella clase de vida había ya terminado para él, y no le tenía mejor ni peor voluntad de la que puede tenerle un hombre á un incoloro sueño que pasó con la noche. El era un sunnyasi... un mendigo errante, sin casa ni hogar, que recibía del prójimo el pan cotidiano; y, mientras haya en la India un mendrugo que partir, ni sacerdotes ni mendigos se mueren de hambre. No había probado carne en su vida, y hasta el pescado lo probaba raras veces. Un billete de cinco libras esterlinas le hubiera bastado para cubrir todos sus gastos personales, en punto á comida, durante cualquiera de los muchos años en que había sido dueño absoluto de millones en metálico. Hasta en Londres, cuando hicieron de él el hombre de moda, jamás perdió de vista su sueño de paz y de reposo... el largo, blanco, polvoriento camino indio, lleno de huellas de desnudos pies; el incesante, calmoso tráfico, y el acre olor de la leña quemada cuyo humo se eleva en espirales bajo las higueras, á la luz de la luna, en los sitios donde los caminantes se sientan á cenar.

Cuando llegó el momento de realizar este sueño, el Primer Ministro tomó sus disposiciones, y, al cabo de tres días, hubiera sido más fácil hallar una burbuja de agua en las profundidades interminables del Atlántico que á Purun Dass entre los errantes millones de hombres en la India, que ora se reúnen, ora se separan.

Tendía, para dormir, su piel de antílope en el sitio donde se le hacía de noche, unas veces en un monasterio de sunnyasis que estuviera junto á un camino, otras, arrimado á una columna de tapia de algún templo en Kala Pir, donde los joguis, que son otro nebuloso grupo de santones, lo recibían como hacen los que saben qué valor tiene eso de las castas y los grupos; muchas veces en las afueras de algún pueblecillo indio, á donde los niños acudían con la comida preparada por sus padres; y no pocas, finalmente, en lo más alto de desnudas tierras de pastos, donde la llama del fuego que encendía con leña menuda despertaba á los adormecidos camellos. Todo le era igual á Purun Dass... ó á Purun Bhagat, como se llamaba él á sí mismo ahora. Tierra... gente... comida... todo era lo mismo. Pero inconscientemente fué caminando hacia el Norte y hacia el Este; desde el Sur hacia Rohtak; de Rohtak á Kurnool; de Kurnool al arruinado Samanah, y de allí subiendo por el seco cauce del río Gugger, que sólo se llena cuando llueve en las montañas vecinas, hasta que un día vió la lejana línea del Himalaya.

Sonrióse entonces Purun Bhagat, porque se acordó de que su madre era de origen brahmánico, de la raza de los rajhputras, allá por el camino de Kulu (una montañesa que siempre echaba de menos las nieves...) y basta que un hombre lleve en sus venas una gota de sangre montañesa para que, al fin, vuelva al sitio de donde salió.

—Allá abajo, dijo Purun Bhagat emprendiendo de frente la subida de las primeras lomas de los montes Sewaliks, donde los cactus se yerguen como candelabros de siete brazos... allá abajo me sentaré á meditar. Y el fresco viento del Himalaya silbó en sus oídos al andar por el camino que conduce á Simla.

La última vez que había pasado por allí era con grande pompa y aparato, acompañado de una ruidosa escolta de caballería, para visitar al más cortés y amable de todos los virreyes; y ambos estuvieron hablando, durante una hora, de los amigos de Londres y de las opiniones que de mil cosas tiene la gente del pueblo en la India. Esta vez Purun Bhagat no hizo visita alguna, sino que se recostó sobre una verja del paseo, contemplando la magnífica vista de las llanuras que se extendían debajo, en una extensión de diez leguas; hasta que, al fin, un policía mahometano de los del país le dijo que interrumpía la circulación; y Purun Bhagat saludó al representante de la Ley con gran respeto, porque sabía el valor de aquélla é iba en busca de una que fuera propia, suya. Siguió, pues, adelante, y durmió aquella noche en una cabaña abandonada, en Chota Simia, lugar que tiene todo el aspecto de ser el fin del mundo; pero que no era más que el principio de su viaje.

Siguió el camino del Himalaya al Thibet, la vía de tres metros de ancho abierta á fuerza de barrenos en la roca viva, ó apuntalada con maderos sobre abismos de trescientos metros de profundidad; que se hunde en tibios, húmedos, cerrados valles, ó trepa á través de colinas desnudas de árboles y con algo de yerba, en las que pega el sol como los rayos de un espejo ustorio; que caracolea á través de espesos, obscuros bosques donde los helechos arborescentes cubren de alto á bajo los troncos de los árboles, y donde el faisán llama á su compañera. Hallóse con pastores del Thibet, acompañados de sus perros y rebaños de carneros, cada carnero provisto de una bolsita con bórax que llevaba á la espalda; con leñadores errantes; con lamas del Thibet cubiertos de mantos y abrigos, que llegaban en peregrinación á la India; con enviados de pequeños y solitarios Estados, perdidos entre montañas, que corrían la posta desesperadamente en caballitos cebrados ó píos, ó bien con la cabalgata de un rajah que iba á hacer una visita; finalmente, durante todo un largo y claro día no vió más que un oso negro, gruñendo y desenterrando raíces allá abajo, en el valle. Durante las primeras jornadas, los rumores mundanales resonaban aún en sus oídos, como el estruendo de un tren al pasar un túnel quédase aún sonando largo tiempo después que el tren sale de él; pero cuando hubo dejado tras de sí el paso de Mutteeanee todo terminó, y Purun Bhagat quedóse á solas consigo mismo, caminando, vagabundeando pensativo, clavados los ojos en el suelo y por las nubes las ideas.

Una tarde cruzó el más alto desfiladero que había hallado hasta entonces (dos días de ascensión costóle el llegar allí) y se encontró frente á una línea de nevados picos que ceñían todo el horizonte; montañas de cinco á seis mil metros de altura que parecían estar tan cerca que una pedrada podía alcanzarlas, aunque se hallaran, en realidad, á catorce ó quince leguas de distancia. Estaba coronado el desfiladero por un espeso, sombrío bosque formado de deodoras, castaños, cerezos silvestres, olivos y perales silvestres también; pero principalmente deodoras, que son los cedros del Himalaya, y á la sombra de estos árboles se elevaba un templo abandonado que se construyó en honor de Kali... el cual es Durga... el cual es, á su vez, Sitala, y que es adorado por su virtud contra la viruela.

Barrió Purun Dass el empedrado suelo; sonrió á la estatua que parecía hacerle una mueca; se arregló con barro un hogar detrás del templo; extendió su piel de antílope sobre un lecho de pinocha verde; se apretó bien su bairagi (su muleta con atravesaño de cobre) bajo uno de los sobacos, y sentóse á descansar.

Junto á él, casi á sus plantas, tenía el declive de la montaña, desnudo, pelado, en una altura de cuatrocientos metros, donde un pueblecillo de casas hechas de piedra con techos de tierra amasada parecía colgar de la escarpada pendiente. Alrededor, pedazos de tierra en forma de terraplenes se extendían como si fueran delantales hechos de retazos y colocados sobre la falda de la montaña, y vacas, que no parecían mayores que escarabajos, pacían entre los círculos, empedrados de bruñidas piedras, que servían de eras. Mirando á través del valle se engañaba la vista al juzgar el tamaño de las cosas, y no podía, al principio, convencerse de que lo que tenía el aspecto de arbustos, al otro lado de la montaña, era en realidad un bosque de pinos de treinta metros de alto. Purun Bhagat vió pasar un águila hundiéndose en la inmensa hondonada; pero la enorme ave fué disminuyendo pronto de tamaño, hasta no parecer más que una virgulilla antes de que llegara á la mitad del camino. Algunos grupos de nubes se enfilaban por el valle, enredándose cerca de la cima de una montaña, ó elevándose para desvanecerse al llegar á la altura de los picos en los desfiladeros. Y Purun Bhagat se dijo: aquí hallaré la paz que ando buscando.