Ahora bien: para un montañés, unas cuantas docenas de metros más abajo ó más arriba no significan nada, y, en cuanto los aldeanos vieron humo en el templo abandonado, el sacerdote del pueblecillo subió por la ladera llena de terraplenes, y fué á saludar al forastero.

Al clavar la mirada en los ojos de Purun Bhagat (ojos acostumbrados á mandar á miles de hombres) inclinóse hasta el suelo, cogió el cuenco, sin decir palabra, y volvióse á la aldea diciendo:

—Por fin tenemos un santón. Jamás ví á un hombre como éste. Es un hijo de los llanos, pero de color pálido... es la quinta esencia de un brahmán.

Á lo cual todas las mujeres de la aldea contestaron:

—¿Creéis que estará entre nosotros mucho tiempo?

Y cada una de ellas hizo cuanto pudo para cocinarle los más sabrosos manjares. La comida montañesa es sencillísima; pero con alforfón, maíz, pimentón; pescado del río cuyas aguas corren por el valle; miel de las colmenas fabricadas en forma de chimeneas sobre las paredes de piedra; albaricoques secos; azafrán de Indias; jengibre silvestre, y tortas de harina de trigo, una mujer que quiera lucirse puede hacer algo bueno, y cuando el sacerdote volvió con el cuenco para entregárselo á Bhagat traíalo bien colmado.

—¿Pensaba quedarse allí? preguntó. ¿Necesitaría un chela (un discípulo) que fuera mendigando para él? ¿Tenía una manta para abrigarse cuando hiciera frío? ¿Le gustaba la comida aquélla?

Comió Purun Bhagat y dió gracias al donante. Su intención era quedarse; al oir lo cual el sacerdote dijo que le bastaba con saber esto. No tenía más que dejar el cuenco fuera del templo abandonado, en el hueco que formaban dos raíces retorcidas, y diariamente recibiría su alimento, porque el pueblo se tenía por muy honrado con que un hombre como él (y al decirlo miró tímidamente á Bhagat en el rostro) se quedara entre ellos.

Aquel día terminó para Purun Bhagat el andar vagabundo. Había llegado al sitio que le estaba destinado... á un lugar todo silencio y espacio. Después de esto paróse el tiempo, y él mismo, sentado á la entrada del templo, no podía decir si estaba vivo ó muerto; si era un hombre cuya voluntad mandaba en los miembros de su cuerpo, ó si formaba parte integrante de las montañas, de las nubes, de la mudable lluvia y de la luz del sol. Se repetía á sí mismo dulcemente un Nombre centenares y centenares de veces, hasta que, á cada repetición, parecía separarse más y más del cuerpo, y llegar, deslizándose, á las puertas de alguna tremenda revelación; pero, en el preciso instante de abrirse la puerta, le arrastraba hacia atrás el cuerpo, y con dolor se sentía otra vez atado á la carne y á los huesos de Purun Bhagat.

Cada mañana el cuenco lleno era colocado en silencio sobre la especie de muleta que formaban las retorcidas raíces fuera del templo. Traíalo, algunas veces, el sacerdote; otras un mercader ladakhi que paraba en el pueblo, y que, ganoso de hacer méritos, subía trabajosamente por el atajo; pero, con más frecuencia, la portadora era la misma mujer que había cocinado la comida la noche antes, y murmuraba, tan bajo que apenas se la oía: